Las mujeres sufrían al pasar el peine por su cabellera; no eran ni dos ni tres ni cuatro cabellos que se caían, eran decenas de ellos descendiendo por sus hombros a diario.
Los hombres mayores estaban tan acostumbrados a respirar el poco oxigeno que deambulaba por las calles, salían rápidamente sin peinarse, puesto que ya no tenían cabello que cepillarse.