lambrusco
10/28/09
Llegada a este momento en el que me es más fácil perderme que encontrarme hay ciertos momentos que agradezco profuncamente.
Lo especial que tienen estos momentos no está en la naturaleza intrínseca de los mismos sino en cómo los voy a aceptar. Mis cambios de humor son tan drásticos que nunca sé qué sabor de boca se me va a quedar.
El otro día salí con las perras al atardecer. No me apetecía mucho, la verdad. Habría preferido quedarme en casa liada en una manta con un buen libro o una manta en su defecto. Sin embargo era mi obligación que las pequeñas mearan, por lo que nos fuimos las tres a dar una vuelta. Vuelta que fue más bien pequeña porque al poco tiempo me tiré en el césped. Allí sentada, lanzándoles palos que tenía a mi alrededor conseguí un poco de paz y volví a casa como supongo que vuelve la gente después de una buena sesión de spa.
Esta tarde han venido mis amigas del barrio a cenar a casa. Son la mejor terapia. Cuando me río tanto que ya la risa ni siquiera me sale es que la cosa va muy bien. Y hacen pensar que si las tienes a ellas es porque la cosa no debe ir tan mal.
Desde el ascensor me dicen "Hazte fotos en la boda!" "Ten cuidado con el coche!" "Conéctate a internet!" "Avísanos de cuándo vuelves!" y desde el quicio de la puerta grito antes de que las puertas se cierren que sean buenas estos días sin mi y que nos vemos en cuanto vuelva.
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Centrándome en la meta.