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La larga avenida se bifurcaba a cierta distancia de la mansión, para rodear un deslumbrante jardín de flores de todos los colores en cuyo centro se erguía una fuente de mármol, todo cortesía de un bisabuelo georgiano. El agua salía disparada a unos diez metros de altura y caía rociando un perímetro enorme, como si se tratara de las varillas tornasoladas de un gigantesco parasol.
Diego acababa de girar a la izquierda cuando divisó tres jinetes que salían de las lejanas cuadras, dos hombres y una mujer. Todos azuzaron a sus monturas en cuanto lo vieron, pero fue Freyja la que dio un grito y espoleó a su caballo para dirigirse a su encuentro a galope tendido, rodeando el jardín.
— ¡Diego! —repitió cuando estuvo lo bastante cerca—. ¡Serás descastado! ¡Mira que no decirnos cuándo ibas a venir!
Su hermana llegó a su lado y le tendió la mano en un saludo de lo más masculino. Montaba a la amazona, algo bastante inusual en ella. Llevaba un vistoso sombrero con plumas, con el pelo rubio suelto casi hasta la cintura y lleno de bucles y rizos. ¡Era su adorada Freyja de siempre!
— ¡Pues cómo te crees que se dan las sorpresas! —Le replicó, aferrándole la mano—. ¿Cómo estás, Free?
Estaba bronceada, tenía la mirada vivaz y rebosaba salud; en suma, tenía un aire tan impropio de una dama como el que había ostentado durante los años en que toda una cohorte de institutrices había intentado en vano hacerla entrar en vereda.
—Encantada de verte. ¿Sabe Wulf que estás en Inglaterra? Habría sido muy propio de él no habérselo dicho a nadie.
—No le he escrito.
A poco llegaron los dos hermanos, que cabalgaban a un ritmo más sosegado. Rannulf, un gigante rubio, sonrió y le tendió su enorme manaza.
— ¡Qué maravilla volver a verte, Diego! —exclamó—. ¿De cuánto tiempo dispones?
Alleyne, más joven y delgado, de pelo más oscuro, sonrió alegremente.
—El guerrero regresa triunfante. ¿En caballería no os dejaban coger papel y lápiz, Diego?
—Ralf, Alleyne… —Diego les estrechó la mano—. Dos meses, de los cuales ha transcurrido ya una semana. Tenía algunos asuntos de los que ocuparme. —Como casarme, pensó—. ¿Y para qué usar papel y lápiz cuando iba a venir en persona? ¿Está Morgan en casa?
—Y también Wulf —le informó Ralf mientras todos daban media vuelta y se encaminaban hacia las cuadras—. Volvió a casa una semana y luego se fue al funeral de la condesa de Redfield hace una semana y aún no ha regresado a Londres. Cuando nos fuimos esta mañana estaba repasando unas cuentas. Morgan está encerrada en clase, exasperada. Diecisiete años es una edad terrible y rebelde, especialmente para un Bedwyn.
— ¡Diecisiete años! —Diego dio un respingo—. Debe de estar hecha toda una señorita.
— ¡Y toda una cascarrabias! —precisó Alleyne riendo—. Va a ser la peor de todos nosotros, o la mejor. Siente uno lástima por los jóvenes caballeretes que vendrán a cortejarla el año que viene, después de que Wulf la haya llevado a rastras a Londres a presentar sus respetos a la reina.
—Veo que tu llegada no ha pasado inadvertida. —Rannulf inclinó la cabeza en dirección a la puerta delantera de la mansión— ahí viene el jefe en persona.
Diego bajó del caballo de un salto y le tendió las riendas a Andrews. Bewcastle se le acercaba pausadamente. Era propio de él no tener nunca prisa y no alzar jamás la voz, pese a lo cual todos los sirvientes obedecían al instante la más nimia de sus órdenes. Había logrado domeñar los excesos de su parentela, la mayor parte de la cual le tenía un poco de miedo, aunque habrían muerto en el potro antes que confesarlo. Era Wulfric, un nombre que le iba como anillo al dedo porque había algo de lobuno en él, como por ejemplo sus iris plateados.
—Wulf… —Diego se dirigió a él con cierta aprensión. Hacía años que no estaban en buenos términos. La última vez que se habían encontrado, tres años antes, habían estado a punto de pegarse y Diego había abreviado su visita.
—Diego… —Bewcastle se detuvo a una distancia desde la que era imposible abrazarlo o darle la mano y habló con su tono de voz despreocupado y engañosamente afable—. ¡Qué fastidio!, no me va a quedar más remedio que tener unas palabras con el servicio de correos. La carta en la que anunciabas tu regreso a Inglaterra todavía no ha llegado.
— ¿Para qué escribir cuando podía llegar tan rápido como una carta? ¿Cómo estás?
—Encantado de verte de una sola pieza y, al parecer, en buena salud —dijo Bewcastle, llevándose el monóculo al ojo y examinando a su hermano de la cabeza a los pies—. ¿No te puedes pagar un uniforme nuevo, Diego?
Diego se encogió de hombros.
—Se acostumbra uno a la comodidad cuando no abunda. Quiero ver a Morgan. ¿Es tan hermosa como prometía la última vez que la vi? Me dicen que es la más testaruda de todos nosotros.
HASTA AHI
(Cancion: Quien te crees)
Frase del dia:me pides que te diera una señal
una mirada algo en que esperar
siempre sufriste de demasiada vanidad
no mereces nada de mi que mas da
quieres ser lo que quiero no fuiste y no serás capaz
ni de estar enamorado de alguien de verdad
es demasiado te he olvidado y así será y así será
Por si alguien no sabia el 5 en el Luna Park- Anahi Tour "Mi Delirio"
besos pasate
:( se fue... que feo...
pero bueno, va a servir para q se extrañen... no :D!!
JEJE
bueno bebe me encanta tu web!!
espero que andes super bien!!
suerte y buena vibra...
mi msn: vondy4e_dyc@hotmail.es si queres agregame!!
♥VONDYS♥
♥guian mi camino♥
♥LoS aMo! ♥
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(¸.• (¸.•`»*-OrGuLLoSa De SeR VONDY¸.•*)
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CAPITULO 9
Capítulo 9
Las inclemencias del tiempo y el barro del camino forzaron a Diego a pasar una noche en una posada. Era ya la tarde del día siguiente cuando enfiló el amplio camino recto de entrada que conducía a Lindsey Hall, jalonado de olmos que parecían formar como soldados para una revista.
Picó espuelas a su caballo para que acelerara el paso, aunque no estaba seguro que hubiera nadie de su familia en la mansión. Era más que probable que estuvieran en Londres pasando la temporada social, aun cuando no fuera una familia muy dada a la frivolidad de los pasatiempos de la aristocracia. Bewcastle estaría sin duda en Londres, cumpliendo con su deber en la Cámara de los Lores, pero esperaba ver por lo menos a alguno de sus hermanos. Necesitaba distraerse, pues se sentía abatido.
Finalmente divisó la mansión y sintió una punzada casi dolorosa de cariño por ella. Lindsey Hall era una casa grandiosa de piedra vista, cuya magnificencia cortaba el resuello, por mucho que consistiera en un batiburrillo heterogéneo de estilos arquitectónicos. Era propiedad de la familia desde que lo habían construido en la Edad Media en calidad de casa solariega, con dimensiones mucho más modestas. Los sucesivos barones y luego condes y finalmente duques fueron añadiéndole alas y anexos sin derribar ninguna construcción anterior y sin esforzarse por que armonizaran las diferentes modas que habían imperado en cada época.