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Un instante después Diego se dio la vuelta y salió de la estancia. Robbie reclinó la cabeza contra la silla y cerró los ojos. No se esperaba una sensación semejante, que parecía indicar que el día anterior hubiera pasado algo. Algo que había cambiado profundamente e irremisiblemente su vida.
Cuando Diego se levantó de la cama la mañana siguiente, despertado por el ruido de Andrews llevándole el agua de afeitar a su vestidor, fue para comprobar que la lluvia seguía cayendo en llovizna. Esperaba que por la tarde los caminos no estuvieran demasiado embarrados, aunque estaba acostumbrado a montar a caballo por el lodo.
Después de desayunar, estuvo más de una hora paseando al aire libre sin rumbo fijo. Su mujer había anunciado su intención de pasar la mañana en el cuarto con los niños pequeños. La señora Pritchard se había ido con el carruaje a Heybridge. El parque estaba realmente bien diseñado. La pérgola de rosas a un lado de la casa y, más allá, un camino silvestre, empinado, flanqueado por bosques, grutas y bancos rústicos, desde el que se contemplaba un panorama agradable, o que se contemplaría si el día fuera bueno. La fachada posterior de la mansión daba a un jardín lleno de flores y plantas y el estanque de los lirios que había visto antes resultaba pintoresco. El valle boscoso que lindaba con él estaba pletórico con sus azaleas y campánulas y debía de ser recoleto y encantador los días de sol.
Delante de la casa se extendían prados bien cuidados.
Era el hogar de Robbie… por los pelos, por decirlo así. Ese día estaría a punto de abandonarlo para siempre si Andrews no se hubiera resfriado. O si él no se hubiera topado con el capitán Morris un momento antes de su muerte, sino después, o si el capitán no le hubiera salvado la vida en Salamanca. Qué extraña era la sucesión aparentemente aleatoria de los acontecimientos en la vida de una persona.
Regresó a la casa mucho antes de mediodía. No quería arriesgarse a que Cecil Morris llegara demasiado pronto y no se habría perdido su visita por nada del mundo.
Su mujer estaba en el salón, como comprobó después de ponerse ropa seca, de nuevo ocupada con sus bordados, aunque presentía que se había puesto a bordar en cuanto lo oyó acercarse, para evitarse el embarazo que le habría producido permanecer cara a cara con él. Se quedó observándola un rato hasta que advirtió que las mejillas se le habían ruborizado. Atravesó la habitación hasta llegar a la ventana y se puso a mirar hacia afuera.
El carruaje de Cecil Morris se dejó ver puntualmente a las doce menos diez.
—Ahí viene —dijo Diego.
—Agnes lo acompañará hasta aquí arriba —precisó ella.
—Sí. —Se volvió y miró cómo ensartaba la aguja en la labor con mano segura y doblaba cuidadosamente el bordado antes de meterlo en una bolsa adornada con un tapiz. Diego se desplazó ligeramente hacia un lado de la ventana y se ocultó tras la sombra proyectada por las cortinas. Ambos oyeron la trápala de los cascos y el chirrido de las ruedas en el empedrado. La puerta de un coche se cerró con estrépito y la aldaba percutió ruidosamente contra la puerta de entrada. Al ama de llaves no le quedó más remedio que abrir. Por una vez, Diego se apiadó de ella.
Su mujer que se volvió a mirarlo antes de levantarse y acercarse a la puerta del salón para dar la bienvenida a su visita. Un momento después la puerta se abrió de par en par sin que nadie tuviera la cortesía de llamar a ella. Una de las hojas se estrelló contra la mesilla que había al lado.
—Ah, Cecil —dijo Robbie —. Buenos días. Un día bastante gris, ¿no te parece?
Diego escuchaba el estruendo de otros vehículos que se acercaban por el camino de entrada, pero no volvió la cabeza para mirar. Permanecía inmóvil.
—Me sorprende que todavía estés aquí, Robbie —dijo su primo, quitándose el sombrero y el gabán, agitándolos para secarlos someramente y lanzándolos a una silla próxima—. Esperaba que conservaras algo de dignidad y te hubieras ido antes de mediodía. No irás a envilecerte y suplicarme que te deje quedarte, ¿verdad? No quiero oír nada y, como sabes, detesto las escenas.
— ¿Tía Jemima está bien? —preguntó ella educadamente.
—Confío en que todos se hayan ido —continuó él, sin contestarle —y en que esa mujer que se hace llamar ama de llaves y que tanto ha rebajado el nivel de esta casa durante el último año esté a punto de marcharse. —Sacó un reloj de la chaqueta y lo consultó. —A todos juntos no les quedan más que dos minutos del tiempo acordado. Y a ti también, Robbie. Y una hora de gracia, por pura bondad de corazón. A la una empezará a llegar gente, entre la cual vendrá el alguacil, que se llevará a rastras ante el juez a los rezagados. No podemos permitir que ellos supongan una carga económica para la parroquia, ¿verdad? Bueno, con tu permiso. —Se detuvo para reírse de su propia broma deliberada—. O sin él, de hecho. Van a llegar varios carromatos y tengo que bajar a supervisar como los descargan.
—Cecil —dijo ella—, mucho me temo que tengo que pedirte que te vayas. La comida ya está casi lista y no has sido lo bastante cortés para merecer una invitación. No quiero que descargues nada tuyo en mi casa. De hecho, lo prohíbo expresamente. Haz el favor de salir inmediatamente y encárgate que no ocurra.
—Vamos a ver, Robbie —replicó él, deshinchando el pecho y sonrojándose como una amapola—, no voy a tolerar extravagancias; no esperarás que lo haga porque seas mi prima mayor. Nunca me has gustado y hoy no me importa decírtelo. Tienes que irte de esta casa ahora mismo. Has tenido la ocasión de llevarte tus pertenencias, pero la has perdido. Así que, o dejas de hacer tonterías, o tendré que sacar la fusta.
Su acento había adquirido un tono claramente galés, pensó Diego. Se aclaró la garganta y Morris volvió la cabeza de inmediato para tratar de distinguir algo entre las sombras que tapaban la ventana. Su expresión cambió por completo y adquirió un aire de cordialidad obsequiosa.
— ¡Milord! —exclamó—. ¿Ha vuelto de visita? Me tenías que haber avisado en cuanto llegué, Robbie, y te habría dado un par de horas más para que te ocuparas de tu huésped, ¿o puedo llamarlo nuestro huésped? ¿Qué son un par de horas entre parientes cercanos, a fin de cuentas? Quizá comprenda usted, que mi querida madre ha vivido en una casa de campo toda su vida de casada, no muy espaciosa y confortable, tengo que añadir, y está impaciente, como es comprensible, por instalarse en su nuevo hogar. Si hubiera dependido de mí, le habría dado a Robbie hasta el final de la semana.
—Me pareció oír hablar de fustas —replicó Diego, dando unos pasos adelante para entrar de lleno en la zona iluminada.
HASTA AHI
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ermoosaa foto de ucker
haciendo magia! jeje
como lo aamoo(L)
qe estes biieen
tee pasas plizz?
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ay llego el lord ppara salvar a robbie ay q amor no wenisimo...cecil cada vez me cae peor seguila pronto gracias por pasarte hermosa cuidate...besitozz
HAY ME ENCANTA QUIERO Q LA SALVE DE ESE MALDITO PRIMOOOO!!!!
MIL BESITOS !!!
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EN EL 2009 DEJEMOS Q EL UNIVERSO CONSPIRE!!!!!
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—Sí— dijo.
—Sí, señor —lo corrigió Diego con suavidad.
—Sí, señor.
—Buen chico. ¿Cuál es tu habitación?
—Esa. —David la señaló con el dedo—. Oí llorar a Becky. Creía que había venido aquel hombre a llevársela.
—Ahora ya sabes que eso no va a ocurrir —dijo Diego—. Nunca. ¿Por qué no te vuelves a la cama y dejas que el aya te ayude? Estáis todos a salvo.
Lo más curioso, pensó Robbie meciendo a Becky entre los brazos, es que no había nada suave en sus modales. Había forzado incluso a Davy a llamarlo señor. No había sonreído y había puesto una cara casi feroz. Pero sintió que estaba atisbando en el interior de un hombre cuyas profundidades aún no había empezado siquiera a intuir. Y nunca lo haría. Mañana se habría ido ese extranjero, su marido.
Los ojos de Diego se cruzaron con los de Robbie, de pie al otro lado de la estancia, y mantuvo su mirada. Ninguno de los dos abrió la boca. No podían hacerlo: Becky se estaba durmiendo. Thelma seguía meciendo a Benjamin, dando la espalda al cuarto y murmuraba suavemente algo al oído del niño. En ese momento algo indefinible pasó entre ellos, algo íntimo, tierno, inexplicable, doloroso. Robbie sintió una angustia en el pecho muy parecida a la aflicción.