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HERMOSO, PRECIOSO, MI BEBE!
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HERMOSO, PRECIOSO, MI BEBE!

11/11/09
Novela: Ligeramente Casados
Autora: Mary Balogh
Serie: 01 Bedwyn
Créditos: Marcela

CONTINUACION DEL CAPITULO

El coronel estaba sentado relajado, con los codos apoyados en los brazos de un gran sofá. Robbie tenía la sensación de que la miraba trabajar. Era una sensación extraña, muy física, como si hubiera una cuerda tendida entre ellos de la cual tirara con extrema suavidad un dedo invisible. Estaba un tanto sofocada, por eso se sintió aliviada al oír llamar a la puerta. Agnes la entornaba lo justo para poder asomar la cabeza.
—Te reclaman en el cuarto de los niños, cariño —dijo lanzando una mirada viperina a Diego, quien antes de cenar le había recordado que su señora era ahora "milady".
—Voy enseguida —dijo Robbie, que ensartó la aguja en la tela, dobló esta y se puso de pie.
— ¿Los niños no tienen aya? —preguntó el coronel.
—A estas horas suelen estar dormidos —respondió Robbie. —Debe de haber algún problema.
— Robbie pasa mucho tiempo con ellos —oyó que decía la tía Mary mientras ella salía de la habitación—. Será una madre maravillosa para sus propios hijos.
Robbie hizo una mueca y se apresuró escaleras arriba. Ni el aya Johnson ni Thelma la interrumpían cuando atendía a sus visitas, a menos que fuera inevitable.
Los sollozos le dieron la bienvenida al cuarto de los niños. El aya estaba sentada en una silla, con Becky acurrucada en el regazo. Davy permanecía de pie en mitad de la estancia con su camisa de noche. Era Becky la que sollozaba, inconsolablemente. Al parecer. Thelma estaba en la habitación de Benjamin, meciéndolo en brazos. El niño se quejaba en sueños; era obvio que lo habían perturbado mientras dormía.
—No se acaba de creer que usted no vuelva a irse mañana —dijo el aya—, y que el señor Morris no regrese a echarnos a todos.
—Cuando nos dio las órdenes puso también a los niños en fila con los criados, señorita Robbie.
Cruzó la habitación de un salto y envolvió a Becky en sus brazos.
—Cariño —dijo, posando su mejilla sobre la cabeza de la niña — no me voy a ninguna parte. Y todos estamos a salvo. Ringwood es mío y es aquí donde creceréis, tú y Davy. Esta es vuestra casa y lo será siempre. Y yo os querré siempre. Siempre, pase lo que pase. Venga, siéntate y te enseñaré algo.
Los sollozos de la pequeña se habían espaciado y, cuando se sentaron, suspiraba e hipaba. Aunque sentía apego por el aya y Thelma, era comprensible que esa noche le hiciera falta Robbie. El día anterior le habían mostrado con toda la crudeza del mundo que era Robbie la única que podía salvarla del terror de ser abandonada de nuevo. ¡Cómo se había atrevido Cecil a maltratar y aterrar de ese modo a unos niños que eran de su propia familia!
—Mira — Robbie extendió la mano izquierda y alargó los dedos—, ¿ves mi anillo? Es un anillo de boda. Y eso significa que estoy casada y esto significa que me puedo quedar en Ringwood toda la vida. Significa que vosotros también os podéis quedar.
— ¿Y Davy? —preguntó la niña.
—Y Davy. — Robbie la besó en la cabeza—. Ambos estaréis a salvo. Sois mis verdaderos hijos. Os quiero a los dos y os querré por siempre jamás. —Aunque el amor no siempre bastaba, reconoció para sus adentros. El amor no los habría protegido si no se hubiera casado. Estaba contenta de haberlo hecho. Arrastraría todas las consecuencias de haber escogido una senda tan drástica y dolorosa. Por otra parte, no había tenido alternativa. Levantó la mirada para sonreír y reconfortar a Davy. Este estaba en jarras con los ojos fijos en la puerta, los pies desnudos, los puños apretados y todo el cuerpo tenso, a punto de saltar. El coronel se encontraba de pie en el quicio.
—Tranquilo, chico —dijo suavemente—. No soy enemigo tuyo. Ni de tu hermana. La defenderías con tu vida, ¿no es cierto? Buen chico. Los hombres protegen a las mujeres.
— ¡Váyase! —A Davy le temblaba la voz.
—Davy… —empezó Robbie, pero el coronel levantó una mano conminándola al silencio, sin apartar los ojos de Davy. El aya no se movió.
—La señorita Morris fue a Londres conmigo hace dos días —dijo— para que pudiera casarme con ella ayer. Ahora es lady Diego Bedwyn. Me he casado con ella para darle mi protección, para que pudiera quedarse aquí y para que podáis tener una casa y estar seguros hasta que crezcáis y os abráis camino en el mundo. Me he casado con ella porque soy un hombre de honor y protejo a las mujeres siempre que está en mi mano hacerlo. Soy un oficial militar y pronto deberé volver con mi batallón. La señora Diego está aquí segura… me he ocupado que así sea…, pero me sentiré más a gusto sabiendo que dispone de otro hombre de honor para cuidarla, a ella y a las demás mujeres de la casa. O un chico de honor que, tarde o temprano, se convertirá en un hombre. Creo que tú lo eres. ¿Tengo razón?
Robbie vio cómo la tensión iba desapareciendo del cuerpo de Davy.

SIGUE ABAJO

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—Sí— dijo.
—Sí, señor —lo corrigió Diego con suavidad.
—Sí, señor.
—Buen chico. ¿Cuál es tu habitación?
—Esa. —David la señaló con el dedo—. Oí llorar a Becky. Creía que había venido aquel hombre a llevársela.
—Ahora ya sabes que eso no va a ocurrir —dijo Diego—. Nunca. ¿Por qué no te vuelves a la cama y dejas que el aya te ayude? Estáis todos a salvo.
Lo más curioso, pensó Robbie meciendo a Becky entre los brazos, es que no había nada suave en sus modales. Había forzado incluso a Davy a llamarlo señor. No había sonreído y había puesto una cara casi feroz. Pero sintió que estaba atisbando en el interior de un hombre cuyas profundidades aún no había empezado siquiera a intuir. Y nunca lo haría. Mañana se habría ido ese extranjero, su marido.
Los ojos de Diego se cruzaron con los de Robbie, de pie al otro lado de la estancia, y mantuvo su mirada. Ninguno de los dos abrió la boca. No podían hacerlo: Becky se estaba durmiendo. Thelma seguía meciendo a Benjamin, dando la espalda al cuarto y murmuraba suavemente algo al oído del niño. En ese momento algo indefinible pasó entre ellos, algo íntimo, tierno, inexplicable, doloroso. Robbie sintió una angustia en el pecho muy parecida a la aflicción.

Un instante después Diego se dio la vuelta y salió de la estancia. Robbie reclinó la cabeza contra la silla y cerró los ojos. No se esperaba una sensación semejante, que parecía indicar que el día anterior hubiera pasado algo. Algo que había cambiado profundamente e irremisiblemente su vida.
Cuando Diego se levantó de la cama la mañana siguiente, despertado por el ruido de Andrews llevándole el agua de afeitar a su vestidor, fue para comprobar que la lluvia seguía cayendo en llovizna. Esperaba que por la tarde los caminos no estuvieran demasiado embarrados, aunque estaba acostumbrado a montar a caballo por el lodo.
Después de desayunar, estuvo más de una hora paseando al aire libre sin rumbo fijo. Su mujer había anunciado su intención de pasar la mañana en el cuarto con los niños pequeños. La señora Pritchard se había ido con el carruaje a Heybridge. El parque estaba realmente bien diseñado. La pérgola de rosas a un lado de la casa y, más allá, un camino silvestre, empinado, flanqueado por bosques, grutas y bancos rústicos, desde el que se contemplaba un panorama agradable, o que se contemplaría si el día fuera bueno. La fachada posterior de la mansión daba a un jardín lleno de flores y plantas y el estanque de los lirios que había visto antes resultaba pintoresco. El valle boscoso que lindaba con él estaba pletórico con sus azaleas y campánulas y debía de ser recoleto y encantador los días de sol.

Delante de la casa se extendían prados bien cuidados.
Era el hogar de Robbie… por los pelos, por decirlo así. Ese día estaría a punto de abandonarlo para siempre si Andrews no se hubiera resfriado. O si él no se hubiera topado con el capitán Morris un momento antes de su muerte, sino después, o si el capitán no le hubiera salvado la vida en Salamanca. Qué extraña era la sucesión aparentemente aleatoria de los acontecimientos en la vida de una persona.
Regresó a la casa mucho antes de mediodía. No quería arriesgarse a que Cecil Morris llegara demasiado pronto y no se habría perdido su visita por nada del mundo.
Su mujer estaba en el salón, como comprobó después de ponerse ropa seca, de nuevo ocupada con sus bordados, aunque presentía que se había puesto a bordar en cuanto lo oyó acercarse, para evitarse el embarazo que le habría producido permanecer cara a cara con él. Se quedó observándola un rato hasta que advirtió que las mejillas se le habían ruborizado. Atravesó la habitación hasta llegar a la ventana y se puso a mirar hacia afuera.
El carruaje de Cecil Morris se dejó ver puntualmente a las doce menos diez.
—Ahí viene —dijo Diego.
—Agnes lo acompañará hasta aquí arriba —precisó ella.

—Sí. —Se volvió y miró cómo ensartaba la aguja en la labor con mano segura y doblaba cuidadosamente el bordado antes de meterlo en una bolsa adornada con un tapiz. Diego se desplazó ligeramente hacia un lado de la ventana y se ocultó tras la sombra proyectada por las cortinas. Ambos oyeron la trápala de los cascos y el chirrido de las ruedas en el empedrado. La puerta de un coche se cerró con estrépito y la aldaba percutió ruidosamente contra la puerta de entrada. Al ama de llaves no le quedó más remedio que abrir. Por una vez, Diego se apiadó de ella.
Su mujer que se volvió a mirarlo antes de levantarse y acercarse a la puerta del salón para dar la bienvenida a su visita. Un momento después la puerta se abrió de par en par sin que nadie tuviera la cortesía de llamar a ella. Una de las hojas se estrelló contra la mesilla que había al lado.
—Ah, Cecil —dijo Robbie —. Buenos días. Un día bastante gris, ¿no te parece?
Diego escuchaba el estruendo de otros vehículos que se acercaban por el camino de entrada, pero no volvió la cabeza para mirar. Permanecía inmóvil.
—Me sorprende que todavía estés aquí, Robbie —dijo su primo, quitándose el sombrero y el gabán, agitándolos para secarlos someramente y lanzándolos a una silla próxima—. Esperaba que conservaras algo de dignidad y te hubieras ido antes de mediodía. No irás a envilecerte y suplicarme que te deje quedarte, ¿verdad? No quiero oír nada y, como sabes, detesto las escenas.

— ¿Tía Jemima está bien? —preguntó ella educadamente.
—Confío en que todos se hayan ido —continuó él, sin contestarle —y en que esa mujer que se hace llamar ama de llaves y que tanto ha rebajado el nivel de esta casa durante el último año esté a punto de marcharse. —Sacó un reloj de la chaqueta y lo consultó. —A todos juntos no les quedan más que dos minutos del tiempo acordado. Y a ti también, Robbie. Y una hora de gracia, por pura bondad de corazón. A la una empezará a llegar gente, entre la cual vendrá el alguacil, que se llevará a rastras ante el juez a los rezagados. No podemos permitir que ellos supongan una carga económica para la parroquia, ¿verdad? Bueno, con tu permiso. —Se detuvo para reírse de su propia broma deliberada—. O sin él, de hecho. Van a llegar varios carromatos y tengo que bajar a supervisar como los descargan.
—Cecil —dijo ella—, mucho me temo que tengo que pedirte que te vayas. La comida ya está casi lista y no has sido lo bastante cortés para merecer una invitación. No quiero que descargues nada tuyo en mi casa. De hecho, lo prohíbo expresamente. Haz el favor de salir inmediatamente y encárgate que no ocurra.

—Vamos a ver, Robbie —replicó él, deshinchando el pecho y sonrojándose como una amapola—, no voy a tolerar extravagancias; no esperarás que lo haga porque seas mi prima mayor. Nunca me has gustado y hoy no me importa decírtelo. Tienes que irte de esta casa ahora mismo. Has tenido la ocasión de llevarte tus pertenencias, pero la has perdido. Así que, o dejas de hacer tonterías, o tendré que sacar la fusta.
Su acento había adquirido un tono claramente galés, pensó Diego. Se aclaró la garganta y Morris volvió la cabeza de inmediato para tratar de distinguir algo entre las sombras que tapaban la ventana. Su expresión cambió por completo y adquirió un aire de cordialidad obsequiosa.
— ¡Milord! —exclamó—. ¿Ha vuelto de visita? Me tenías que haber avisado en cuanto llegué, Robbie, y te habría dado un par de horas más para que te ocuparas de tu huésped, ¿o puedo llamarlo nuestro huésped? ¿Qué son un par de horas entre parientes cercanos, a fin de cuentas? Quizá comprenda usted, que mi querida madre ha vivido en una casa de campo toda su vida de casada, no muy espaciosa y confortable, tengo que añadir, y está impaciente, como es comprensible, por instalarse en su nuevo hogar. Si hubiera dependido de mí, le habría dado a Robbie hasta el final de la semana.
—Me pareció oír hablar de fustas —replicó Diego, dando unos pasos adelante para entrar de lleno en la zona iluminada.

HASTA AHI

holaa!
ermoosaa foto de ucker
haciendo magia! jeje
como lo aamoo(L)

qe estes biieen
tee pasas plizz?

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holaaaaaaaaaaaaa

simplemente bellisimo

me encanto la foto

te espero

q estes muy bien


adioss

Holaaa:$ hice un nuevo log dedicado a anii espero que pases que estes biien cuiidate chau besos:) estas en miis efes!

JAAJ COMO KISIERA Q HAGA MAGIA CONMIGO JAJAJ
LO AMOOO (L
PASAS?
UN BESO

ay llego el lord ppara salvar a robbie ay q amor no wenisimo...cecil cada vez me cae peor seguila pronto gracias por pasarte hermosa cuidate...besitozz

✩ hermoso lo amo
✩ gracias x pasar
✩ actualize t pasas
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HAY ME ENCANTA QUIERO Q LA SALVE DE ESE MALDITO PRIMOOOO!!!!



MIL BESITOS !!!
PEACE & LOVE

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___..::¨`•.¸ *...!***ANI***!...* ¸.•`¨::..?....... HaDiTa...PoLvOrItA...


EN EL 2009 DEJEMOS Q EL UNIVERSO CONSPIRE!!!!!
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