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—Tiene usted una preciosa estructura ósea en la cara. Creo que le sentarían muy bien. Si decide probarlo, vaya al salón de belleza que hay aquí en el hotel. Pregunte por Katrina. Ella es mi prima y es la mejor peluquera de Ocho Ríos. Dígale que la ha enviado Martin. Le hará un trabajo excelente. Creo que le gustará.
Nadie le había dicho nunca que tenía una preciosa estructura ósea. Seguramente Martin se llevaba una buena comisión por todos los clientes que le enviaba a su prima Katrina, pero a Dulce no le importó. Le pareció que llenarse la cabeza de trenzas era lo mejor que podía hacer. Sería muy sexy. Tal vez su problema no era Elliott, sino su propia actitud. Las trenzas le darían un aspecto más sofisticado.
—Gracias, Martin. Iré a buscar a Katrina ahora mismo. Disfruta de tu familia.
—Lo haré. Tengo muchas ganas de servirla esta noche durante la cena.
Capítulo 3
Chris miró el reloj. Otra vez. Había tratado de hacer que su filosofía personal fuera no preocuparse, pero no podía evitarlo. Era culpa de Dulce. Mientras que Kiki llegaba siempre tarde a todas partes, la puntualidad siempre había sido un principio casi religioso para Dulce.
Oficialmente, llegaba trece minutos tarde. Elliott, que le había dicho que había estado corrigiendo exámenes, no sabía dónde podía estar. ¿Cómo podía estar Dulce considerando atarse a ese tipo hasta que la muerte, o mejor dicho el divorcio, los separara?
Entre Kiki y él tampoco había ocurrido nada, pero ellos no llevaban saliendo desde hacía diez meses. Kiki se había encerrado en el cuarto de baño para hacerse una limpieza de cutis y la pedicura.
Mientras tanto, él se había pasado el tiempo tratando de sacarse a Dulce de la cabeza. Se había visto envuelto en conversaciones con connotaciones sexuales con muchas mujeres, pero nunca con Dulce. Ella nunca lo había mirado sugerentemente con sus ojos color almendra hasta aquel mismo día ni le había hablado con voz profunda, como si se tratara de la caricia de una amante.
—Mírala —dijo Elliott.
Chris levantó la mirada. Una atractiva rubia avanzaba por la blanca arena. Vaya… Durante un segundo, algo le resultó vagamente familiar, como el modo en el que caminaba. Por primera vez, Sintió una cierta hermandad con Elliott por la admiración que ambos sentían por un increíble par de piernas y un sensual contoneo.
—Ya veo —susurró—. Las trenzas y esas piernas interminables… —añadió. Antes de que pudiera darse cuenta, se la imaginó tumbada debajo de él, con esas hermosas piernas rodeándole la cintura.
—En realidad, me refería a Kiki, pero sí, Dulce tiene unas piernas muy bonitas.
¿Dulce? ¿Dulce? ¿Qué diablos…? Chris se quitó las gafas de sol y miró detenidamente a las mujeres. Dios santo. Con razón había reconocido aquel modo de andar. Entonces, se dio cuenta de que Kiki caminaba al lado de Dulce.
Las mujeres pasaron a lado de unos tipos que estaban jugando al voleibol. Uno de ellos se volvió para mirarlas con la boca abierta. Entonces, la pelota le golpeó y le hizo caer sobre la arena. Se lo merecía.
—Perdonad que lleguemos tarde —dijo Kiki, mientras entrelazaba el brazo con el de Chris.
—Kiki y yo nos encontramos a la salida del hotel —añadió Dulce, mientras se pasaba una mano por la cabeza—. Bueno, ¿qué os parece?
Llevaba unas trenzas, rematadas con cuentas, por toda la cabeza. El peinado acentuaba sus pómulos y sus gruesos labios. Una fina camiseta ofrecía una ligera visión de su biquini. Desde que habían llegado a Jamaica, Chris se había dado cuenta de muchas cosas sobre Dulce, cosas que no tenía derecho alguno a notar.
—Es diferente —comentó Elliott—, pero te sienta bien.
—¿Por qué diablos te has hecho eso? —preguntó Chris, sin poder evitarlo. No estaba acostumbrado a aquella sensual y sugerente imagen de Dulce.
—Venga Chris, ¿por qué no me dices de verdad tu opinión? —replicó ella, molesta.
—Lo siento, Dulce. Es que estoy acostumbrado a tu otra imagen. Estás muy bien.
—Yo creo que es genial. Ojalá yo tuviera la misma estructura ósea que ella para poder hacérmelas —dijo Kiki, haciendo un puchero.
—Tu estructura no tiene nada de malo —le aseguró Elliott, mirándole la parte de arriba del biquini.
Kiki sonrió y Dulce levantó las cejas por encima de las gafas de sol. Chris pensó que Elliott era un beep.
¿Por qué demonios estaba flirteando con Kiki cuando ya tenía una hermosa mujer a su lado? Entonces, se dio cuenta de que si Elliott seguía cortejando a Kiki, él no tendría que preocuparse porque se llevara a Dulce al altar. Lo único que tenía que hacer era animarlos y ver cómo saltaban las chispas entre ellos. Elliott nunca se había merecido a Dulce y él estaba a punto de demostrarlo. Por supuesto, aquello significaría que él no podría seguir con Kiki, pero una semana de sol y arena sin sexo era un precio muy pequeño por evitar que Dulce cometiera la equivocación de su vida.
—Bueno —dijo—. Elliott y tú tomad la veintisiete. Nosotros nos llevaremos la veintiocho.
Kiki se montó rápidamente en la moto acuática y llamó a Elliott.
—Hace mucho tiempo que no estoy con un hombre virgen.
Elliott se montó detrás de ella y le rodeó la cintura con los brazos. Dada la diferencia de altura, las manos de Elliott descansaban justo por debajo de los pechos de Kiki. Entonces, ella arrancó el motor.
—Yo diría que Elliott está a punto de tocárselas —le susurró Dulce a Chris con una cierta aspereza. Cuando ella le tocó la cintura, las sensaciones que sintió parecieron hacer estragos con su compostura.
—Estamos aquí —gritó Kiki, desde la distancia—. Tratad de atraparnos.
—Creo que tienes razón. A Elliott le está gustando estar sentado detrás de ella. Y a Kiki no parece importarle —comentó Chris.
—¿Te importa a ti?
—No. Necesitaba una mujer para poder venir a un hotel en el que solo se admiten parejas. No hay nada más que unas pocas citas entre nosotros…
—Bueno, venga. Enséñame cómo se conduce esto. Pienso empezar a dar vueltas alrededor de Kiki —añadió ella, mientras se recogía las trenzas en la nuca—. ¿De acuerdo?
Maldición. Aquello era el lado malo de la historia. Lo último que Chris quería era que Dulce se pusiera a competir con Kiki por Elliott. Sin embargo, si él, Chris, la distraía con un ligero flirteo… Aquello era lo que se le daba mejor, pero nunca lo había hecho con Dulce. Podría hacerlo, sin duda, y si al final evitaba que Dulce se casara con Elliott, merecería la pena.
—No estoy seguro de que debas conducir, Dulce. Esta es tu primera vez…
En aquel momento, Dulce abrió el bolso y sacó un frasco de leche solar.
—¿Te importa ponerme un poco en la espalda? Elliott ya se ha marchado y yo no alcanzo a hacerlo —añadió, quitándose la camiseta—. No quiero quemarme durante mi primera vez. En realidad, no quiero quemarme en absoluto.
Chris la miró atónito. Que el cielo lo ayudara. Por toda la playa había mujeres que llevaban biquinis más pequeños aún y más reveladores, pero ninguna de ellas lo llevaba tan bien como Dulce. Una extraña sensación se le despertó en el vientre.
—¿Chris?—insistió ella, agitándole el frasco delante de la cara—. ¿Vas a echármela tú o quieres que se lo pida a ese tipo que está jugando al voleibol?
Chris agarró el frasco. No pensaba consentir que se lo pidiera a un tipo que la había estado devorando con la mirada.
—Date la vuelta.
Dulce lo obedeció. Siempre le habían gustado las suaves líneas de la espalda femenina, pero la de Dulce le quitó el aliento. Se echó una generosa cantidad de loción en la mano y le devolvió el frasco. Entonces, se frotó las manos, tratando de tranquilizarse.
En el momento en el que las manos le tocaron los hombros, se dio cuenta de que había subestimado la tarea. Las palmas, resbaladizas por la loción, se le deslizaron suavemente por la piel. Estuvo a punto de contener el aliento.
Acarició, masajeó y extendió la crema, lo que fue todo un logro, considerando que su cerebro estaba a punto de dejar de funcionar. Deslizó los dedos por debajo de la cinta del biquini. Entonces, ella se echó a temblar y provocó una respuesta inmediata que se abrió paso a través del cuerpo de Chris. Con cuidado de no dejar ni un centímetro de piel sin tocar, extendió la crema por toda la espalda. Ella tembló de nuevo. Parecía tan sensible, tan consciente de sus caricias… Y eso que solo le había acariciado la espalda.
HASTA AHI
hOlAa
cOmOo
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pSs
aKiiI
aNdOo
mE fIrMaN
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AdIoSss
http://www.fotolog.com/mary_putziloka15
DE VERDAD LAMENTO MUCHUSUMO TU PERDIDA!!!!
ESPERO Q ESTES UN POCO MEJOR PRONTO .....
PAYASITAS!!!
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MIL BESITOS !!!
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EN EL 2009 DEJEMOS Q EL UNIVERSO CONSPIRE!!!!!
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—Sí, son muy bonitas. Aquí todo es bonito. ¿Has terminado ya por hoy? —replicó ella.
—Ahora tengo descanso antes de que empiece la hora de la cena. Voy a mi casa para ver a mi esposa y a mis hijos. Solo está a nueve kilómetros del hotel.
—¿Cuántos hijos tienes?
—Un niño y una niña, de siete y cinco años. Son unos hijos estupendos, muy listos. Siempre se van a la cama temprano para poder ir al colegio. Cuando yo termino de trabajar aquí, ya están dormidos —comentó, mientras se sacaba una foto de la cartera.
—Son encantadores —observó Dulce, tras admirar los rostros de los pequeños. Con ellos, había una mujer alta y esbelta, con el cabello lleno de trenzas—. Tus hijos se parecen a ti. ¿Es esta tu esposa?
—Sí. Se llama Mathilde. Mis hijos se llaman Terrence y Louise. Soy un hombre muy afortunado.
—Sí que lo eres. Gracias por mostrarme esa foto de tu familia.
—¿No quiere echarse una siesta?
—Creo que estoy demasiado nerviosa para dormir —dijo. Aquello sonaba mejor que «mi novio está corrigiendo exámenes».
—Tal vez haya un poco del nativo de estas tierras en usted. Espero que no me encuentre demasiado descarado, pero, ¿ha pensado alguna vez en hacerse trenzas en el cabello?
—¿Cómo las de Mathilde? No, nunca lo he pensado.