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veretriz

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6/7/09
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–¡Usted!
El fósforo le quemaba las uñas... y de pronto, un impulso más fuerte que su timidez lo levantó.
En la oscuridad caminó hacia ella, y dijo:
–¿Usted?... ¿No dormía usted?
El sintió que ella estiraba el brazo; la mano de la mujer tomó entre los dedos su mentón e Hipólita dijo con una voz profunda:
–¿Que tiene que no duerme?
–¿Usted me acaricia a mí, señora?
–¿Por qué no duerme?
–Usted me toca a mí?.... ¡Pero qué fría está su mano!... ¿Por qué está tan fría su mano?
–Encienda la lámpara.
Bajo la luz vertical, Erdosain quedóse contemplándola.
Ella se sentó en el sofá.
Erdosain murmuró tímidamente:
–¿Quiere que me siente a su lado? No podía dormir.
Hipólita le hizo espacio, y junto a la intrusa, Erdosain no pudo contener la fuerza que levantaba sus manos, y con la yema de los dedos le acarició la frente.
–¿Por qué es usted así? –le preguntó él.
La mujer lo miró serena.
Erdosain la contempló un instante con muda desesperación; y al fin, recogió su fina mano. Iba a llevársela a los labios, pero una fuerza extraña chocó en su sensibilidad, y sollozando se desmoronó sobre la falda de la mujer.
Lloraba convulsivamente a la sombra de la intrusa erguida y de su mirada inmóvil en los sacudimientos de su cabeza. Lloraba aciegado, retorcida la vida de un furor ronco, conteniendo gritos
cuyos desgarramientos incompletos renovaban su dolor horrible, y el sufrimiento brotaba de él inagotablemente, se inundaba de más pena, una pena que subía en sollozos en su garganta. Así
agonizó varios minutos, mordiendo su pañuelo para no gritar, mientras que el silencio de ella era una blandura en la que se recostaba su espíritu extenuado. Luego el sufrimiento gritante se agotó; lágrimas en su pecho y encontró consuelo en estar caído así, con las mejillas mojadas, sobre el regazo de una mujer. Un enorme cansancio lo agobiaba, la figura de su esposa distante terminó por borrarse de la superficie de su pena, y mientras permanecía así, un encalmamiento crepuscular vino a resignarlo para todos los desastres que se habían preparado.
Levantó el enrojecido rostro, rayado por los repliegues de la tela y húmedo de lágrimas.

Ella lo mirada serena.
–¿Está triste? –preguntó.
–Sí.

Luego callaron y un relámpago violeta iluminó los recovecos del patio oscuro. Llovía.

–¿Quiere que tomemos mate?
–Sí.



Los siete locos
-:Roberto Arlt:-


















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Photo uploaded at 12:09 AM

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