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Se encontraba sentada la mujer en aquella oficina, esperaba con ansias el regreso de su amado esposo, era este hecho entre las cosas que actualmente acontecían la más importante y su amor desbordaba; pero como toda mujer, esta guardaba ciertos rencores, hacia ya dos años que no lo veía, todo por él haber decidido ir a la guerra, arriesgando su vida y por ende la estabilidad de la familia. Y a pesar de sus deseos de que este volviera, por su boca discurrían cosas muy distintas:
-“Dos años –decía la mujer-, ya por mi se puede quedar por allá si desea, al parecer decidió casarse con el estado antes de velar por su familia…” -y así seguía-
Su esposo por otro lado, se sentía temeroso, menos temores había enfrentado éste en la guerra, pensaba en el volver a casa y temía en quedar cautivo entre las cuatro paredes del hogar, pero lo que este no sabia es que no era preciso estar entre cuatro paredes para estar preso, con la mente y el corazón ya le era suficiente para ello. Hace dos años que había decidido ir a defender a su país, el honor y la valentía eran sus razones, pero dentro de sí, allí donde se encuentran las verdaderas razones, realmente lo motivaba el escape, quería ante todo escapar, se sentía acorralado, sofocado y acabado, y luego de dos años le tocaba volver a dicha realidad. Pero como del corazón a la boca existe un puente lleno de baches donde en el proceso caen al abismo muchas verdades, por su boca discurrían cosas muy distintas a las que le dictaban su corazón:
-“Que ansias tengo por volver a casa –decía el hombre-, ver a mi familia, el rostro de mi esposa, sentir la paz y la tranquilidad…” –y así seguía-
Y de esta manera se encontraban, jugando cada uno roles distintos, convenciéndose a sí mismos de irrealidades, y como todo en la vida, la ironía reinaba.