A mi de pequeño me regalaban cajas de juegos que contenían mil artilugios, como por ejemplo relacionados con la física (fisinova) o la química (cheminova), donde a lo más que podías aspirar era a hacer una poción fétida, ya que lo de cambiar el agua de color tenía tanta gracia como cuando meas encima de la pastilla de Pato WC, que sale el chorro azul. Mi favorita era el Magia Borrás, que incluía unas cuantas cartas trucadas y otros cachivaches con los que no conseguías ni engañar a tu abuela, pero tenía su varita mágica negra con las puntas blancas, que si lo llevara Harry Potter a clase le correrían a hostias de Hogwarts.
Pues MacGyver no tuvo mi infancia, y en su familia freían los huevos con saliba. Para él era un lujo ir al McDonalds, ya que nunca vio unas porciones de hamburguesa con más carne, así de jodida estaba la cosa. Pero cuando llegaba las navidades todo era alegría, ya que el mínimo detallico podía convertirse para el pequeño Mac (¿cuál coño es su nombre de pila?) en el más asombroso de los regalos. Si le traían un clavo los Reyes Magos (bueno, es yanki, así que sería el gordo de la CocaCola el de que le regalaría) pues lo unía a un palo y iba despegando chicles del suelo, para luego fundirlos y hacer un blandiblú. Por todo ello alguno que entiende de marketing más que George Lucas ha ideado este maravilloso y económico juguete que se comenta por sí solo (por eso he soltado yo toda esta parrafada, increparéis con razón).
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también tendrá un regalo quesea una pastilla de chicle