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Dreamer

toomuchrain

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- Workin' it out -

10/8/09
It's hard enough to be what you are
Harder to be what you're not
It’s hard to know what you need to get
Harder to know what you’ve got


Siempre viví en un departamento. Supongo que alguna vez debo haber querido vivir en una casa, quizá para tener una pileta o un lugar donde tomar sol; pero me gusta donde vivo. Mi dormitorio no es grande, pero no me quejo. Se lo ve más espacioso cuando lo tengo ordenado, aunque eso no pase seguido. Ahí adentro solía pasar horas y horas, leyendo, dibujando, escribiendo. Por suerte le da sol todo el día.

Mi tía es una persona que se muda con frecuencia. Sin embargo, hace ya bastantes años que vive en el mismo departamento y si hay algo que no se cansa de decir es que, la próxima vez que se mude, se va a asegurar de que por lo menos una de las habitaciones tenga vista a la calle. “¿Cuál es el tema con la vista a la calle?”, me preguntaba a mí misma.

Yo tengo el escritorio justo al lado de la ventana y, hasta que compramos la notebook, usé la PC que tengo ahí. Y desde ahí escribía y chateaba, o simplemente miraba por la ventana. Miraba por la ventana y veía a la gente pasar, veía cómo el tiempo hacía que cambiara de color el árbol que hay justo en frente, veía pasar los autos, los colectivos. Porque yo sí tenía vista a la calle. ¿Qué tiene de especial la vista a la calle?

Hace ya más de un año, empezaron a construir un edificio al lado de mi casa. Una de las paredes es compartida con la de mi habitación. Desde hace un año me despierta todas las mañanas el ruido de un martillo solitario. Todos los días, a las 8 de la mañana, un tipo que no tiene nada mejor que hacer de su vida, martillea mi pared. Y yo me asomo de vez en cuando por esa misma ventana por la que antes veía la calle… y ahora veo una pared. Mi famosa vista a la calle se redujo a esta especie de pileta de concreto. Ahora, la única vista que tengo son tres ventanas y la pared.

Antes de la pileta, mi pieza era la más fría en invierno, la más calurosa en verano. Pero no me importaba. No me importaba necesitar la estufa o el aire acondicionado. No me importaba sentarme pegada a la estufa para poder escribir un rato o tirarme en el piso al lado del ventilador. Yo me levantaba y lo único que tenía que hacer era esperar a que pasaran cinco personas para saber cómo estaba el día.

¿Qué tiene de especial la vista a la calle? Lo único que puedo agregar es que, cuando no la tenés, notás su ausencia.

Y, así como algo tan cotidiano como poder ver la calle desde mi dormitorio, ¿cuánto doy por sentado? ¿Cuántas cosas que tengo no veo? Hace unos días volvía de ver actuar a mi profesora de Actuación. Mis papás me habían ido a buscar y volvíamos en el auto hablando de si iban a extender el subte A hasta Liniers, si la gente iba a empezar a viajar todavía más en esa línea. Hablábamos de cómo es posible que haya gente que no puede pagar el boleto del tren.

Para llegar hasta la academia donde estudio Teatro Musical, viajo en tren todos los días. A veces, desde la estación de Once, me tomo ese mismo subte del que charlábamos, a veces me tomo el subte y un colectivo, depende de mi humor. Y, para volver, es lo mismo. Y ahora me doy cuenta: en estos dos párrafos nombré tantas cosas por las que tendría que estar agradecida.

En primer lugar, pude ir a ver a mi profesora. De no tener la oportunidad de estudiar lo que me gusta, lo más probable es que no hubiera salido aquella noche. Además, fui con mis amigas de la academia. Eso es muchísimo, la amistad. Pude avisarles a mis papás cuando había terminado la función porque tengo un celular. Me fueron a buscar. Si no hubieran ido, tengo tantas formas de volver a casa y, aunque no parezca gran cosa, puedo pagar esos boletos. Llego a casa donde hay gente que me quiere esperándome. Tengo una cama donde dormir, un espacio donde refugiarme.

La vida todos los días nos golpea, en mayor o menor medida, en forma directa o no. Perdemos, ganamos, descubrimos, encontramos, olvidamos, conocemos, despedimos, huimos, adherimos, aprendemos, experimentamos. Generalmente, se nos hace más fácil ver lo malo. Esa oportunidad que perdimos, ese “te quiero” que no llegó, ese examen que reprobamos, las frustraciones cotidianas. En ocasiones, nos suceden cosas que nos producen éxtasis. Ese trabajo que deseábamos, esa salida que esperábamos, ese llamado que nos daba ansiedad, ese abrazo, ese beso. Pero es por el hecho de que nos resultan extraordinarias que las registramos de otra forma.

Sin embargo, son las pequeñas cosas en las que no reparamos, las que no agradecemos porque nos parecen naturales, las que nos mantienen vivos día tras día. Y, si empezáramos a ver todos esas pequeñas cosas, las esporádicas malas noticias, ¿no parecerían menores?

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