7/12/09
—Me llamo Duke —digo. Siempre he sido un admirador de John Wayne.
—Duke —musita ella—. Duke. —Reflexiona un momento con la frente arrugada y los ojos serios.
—Sí —prosigo—, y estoy aquí por ti. —Y siempre lo estaré, pienso.
Se ruboriza. Sus ojos enrojecen, se humedecen, y las lágrimas empiezan a brotar. Me rompe el corazón, y como tantas otras veces, desearía poder hacer algo para ayudarla.
—Lo siento —dice—. No entiendo nada de lo que me pasa. No sé quién eres. Cuando te escucho hablar, pienso que debería reconocerte, pero no es así. Ni siquiera sé mi nombre. —Se seca las lágrimas y prosigue: —Ayúdame, Duke. Ayúdame a recordar quién soy. O por lo menos quién era. Me siento perdida.
Respondo con el corazón, pero miento sobre su identidad. Como he mentido sobre la mía. Tengo motivos para hacerlo.
—Eres Hannah, una amante de la vida, una mujer que infundió fuerza a todos los que gozaron de su amistad. Eres un sueño, una creadora de dicha, una artista que ha conmovido a centenares de almas. Tuviste una vida plena y no deseaste nada, porque tus necesidades eran espirituales y te bastaba con buscar en tu interior. Eres buena y leal, capaz de ver belleza donde otros no la ven. Eres una maestra de cosas maravillosas, una soñadora de cosas mejores. —Me detengo un instante para recuperar el aliento y añado: —Hannah, no debes sentirte perdida, pues:
Nada se pierde realmente jamás ni puede perderse,
Ningún nacimiento, identidad, forma... ningún objeto del mundo.
Ninguna vida, ninguna fuerza, ninguna cosa visible...
El cuerpo, lento, anciano, frío —las cenizas que quedaron de los primeros fuegos ...a su debido tiempo volverán a arder.
Medita un momento sobre lo que acabo de decir. En el silencio, miro hacia la ventana y veo que ha dejado de llover. La luz del Sol comienza a colarse en la habitación.
—¿Lo has escrito tú? —pregunta.
—No. Es de Walt Whitman.
—¿De quién?
—De un amante de las palabras, un artesano de las ideas.
No responde directamente. En cambio, me mira fijamente durante largo rato, hasta que nuestra respiración se acompasa. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Respiraciones profundas. ¿Sabrá que la veo hermosa?
—¿Te quedarás un rato conmigo? —pregunta por fin.
Sonrío y asiento con la cabeza. Me devuelve la sonrisa. Busca mi mano, la toma con dulzura y la apoya en su regazo. Mira los duros nudos que deforman mis dedos y los acaricia suavemente. Ella aún tiene manos de ángel.
—Ven —digo, haciendo un gran esfuerzo para ponerme de pie—. Salgamos a dar un paseo. El aire está fresco y los pollitos de las ocas nos esperan. Es un día precioso. —La miro fijamente al decir las últimas palabras.
Ella se ruboriza y me hace sentir joven otra vez.
"El cuaderno de Noah", Nicholas Sparks.
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