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Banderas, reyes y sentido común
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Banderas, reyes y sentido común

11/25/09
La bandera ondeaba. El viento la hacía bailar en el aire mientras cientos de miradas sombrías la observaban. No era especialmente bonita, ni significativa, pero era lo único reconocible en aquel yermo desértico. Era aquello por lo que luchaban, lo único a lo que podían aferrarse en el mar de dudas que surgían en las Tierras Extrañas. No es que les gustase; de hecho, la mayoría de ellos la odiaba, pero era eso o desertar. Y la traición a la patria se paga demasiado cara.

La hoguera crepitaba. En medio de la noche la madera crujía al arder, calentando las manos de un pequeño grupo de mercenarios. Como ellos, otros pequeños grupos estaban distribuidos por el bosque que rodeaba al yermo. Esperaban, con paciencia, a que los intrusos alcanzasen el centro del páramo. Entonces la guardia de los pueblos fronterizos cargaría contra los intrusos y ellos les rodearían por sorpresa. Todos acabarían muertos. Tres de los cinco mercenarios jugaban a los dados, mientras los otros dos oían la oscuridad. Todos pensaban en las brillantes -y caras- armaduras de los invasores, que tan bien se venderían en lo que la gente del reino llamaba las Tierras Extrañas. No comprendían que jamás podrían conquistarlas, la gente allí era más básica, más guerrera. Conocían cada palmo de terreno y cada ventaja que podía proporcionarles. Y no tenían reparos a la hora de contratarles.

Los bosques hablaban. Las hojas de los árboles se chocaban unas con otras, camuflando cualquier sonido que la guardia pudiese hacer. Sus armaduras de madera apenas hacían ruido, iban todos ellos descalzos y sus ligeras y curvadas espadas cortaban el aire sin exhalar silbido alguno. Estaban tensos, al acecho, esperando al avanzado que les daría la señal para atacar. Vencerían por sus familias, sus tierras y su orgullo. La gente del reino era gente de sangre débil y ojos tristes, sin capacidad para dar su vida a cambio de nada. Venderían a sus hijos antes que dejarse matar.

El Sol apareció antes de que el pelotón llegase al centro del yermo. Comenzó con una luz blanca y agradable para luego convertirse en una furiosa llamarada que hacía sudar a los hombres bajo sus cascos de acero. Cuando pararon porque la mitad de ellos iban apoyados sobre sus alabardas, a punto de caer al suelo, el rugido de setenta gargantas comenzó a oírse a lo lejos. Como el yermo estaba repleto de montículos, cuando les vieron venir era demasiado tarde para formar, así que aguantaron la embestida como pudieron.

La bandera salió volando. Las miradas de los soldados del reino la siguieron mientras los de las primeras filas iban muriendo. Se oyó una voz de retirada y comenzaron a huir, la bandera al frente.

La bandera ardió. Una flecha con la punta incendiada le acertó en su camino descendente. Los mercenarios salieron de todas partes, y los soldados se supieron muertos. Otro pelotón más rechazado, otras 200 cabezas adornando el yermo.

El rey, pensativo, miraba el mapa que tenía delante preguntándose por qué unos bárbaros lograban repeler siempre a sus hombres. Llevaba dos años enviando incursiones y todas ellas habían resultado un fracaso. Sus soldados eran unos incompetentes. Hizo llamar al jefe de su ejército, al que amenazó de muerte si no lograba entrenar un pelotón digno de Su Majestad. Esta amenaza de muerte fue descendiendo en la cadena de mando hasta llegar a los soldados que conformaban el nuevo pelotón que llevarían a cabo la incursión. Con mirada sombría, se retiraron a dormir, pensando en un rey al que no debían nada.

Lo que el rey desconocía es que los habitantes de las Tierras Extrañas siempre dejaban vivos a unos cuantos de sus soldados y les daban la oportunidad de vivir con ellos. Los soldados, temerosos de acabar como sus compañeros, aceptaban. Aunque les costaba encajar, pues en las Tierras Extrañas cada pueblo tenía autonomía propia, no había rey ni cadena de mando, al final apreciaban la sensación de libertad que aquello les brindaba. Pasado un tiempo se les enviaba de vuelta al reino, donde ellos se encargaban de hablar a la gente de las maravillas de las aldeas al otro lado de la frontera. Y la gente, conforme la guerra iba alargándose, iba haciéndose más permeable a estas historias. Gota a gota se iban juntando en un mismo vaso, llenándolo con lentitud. Los “bárbaros” sabían que ese vaso algún día se desbordaría.

The Newcomer

Foto: man with flag by kubicki http://kubicki.deviantart.com/art/man-with-flag-32890294

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