Cuento sin nombre para geografía, tema: el mar.. ;P

-Mami.
-No.
-¡Má!
Una mujer de vestido floreado, pelo rojizo que se agitaba con el viento, caminaba junto a un pequeño de ocho añitos que le tironeaba la mano con insistencia. La mujer llevaba una mirada irritada, producto de tener que repetir la misma conversación cada vez que salían del hotel a dar una vuelta. Pero hoy era especial, hoy se dirigían a la playa.
-Basta, ya te compré la manzanita en la plaza. Suficientes golosinas por hoy, cariño.
-Pero mami, papá me compra siempre el pirulín cuando vamos a la playa.
Ante esto el ceño de la mujer se asentuó. Siempre llevándome la contraria, che. No se que tiene en la cabeza este hombre.
-¿Má?
-¿Sí cariño?
-Te quedaste rara.
La mujer no pudo evitar reírse ante la seriedad que mostraba la cara de su niño. Ya tan grande…Oh… tan grandecito, miralo.
-Nada, nada- le contestó- ¿Listo para ver el mar, Mati?- agregó con picardía.
El niño asintió feliz. Feliz de que su madre pareciera casi más ansiosa que él, de hecho. Una pregunta burbujeó en su mente y no dudó en hacerla.
-¿Y… viniste alguna vez a la playa de Mardel?
La sonrisa de la mujer se puso toda tensa de golpe para ser reemplazada por otra vergonzosa.
-No, Mati- admitió. –Solo conozco el riachuelo.
-¡¿En serio?!- le preguntó incrédulo- Ni Mar de Ajó, ni San Clemente, ni ¡¿Mundo Marino?!.
-No- dijo simplemente. La sonrisa había alcanzado a sus labios de vuelta ante la mención de ese último lugar. Solo los niños creen que si no van ahí se mueren.
Se formo un silencio entre ambos. Y digo entre ambos porque era imposible pasar por alto la cantidad de gente que se dirigía en la misma dirección que ellos y a contramano por la vereda.
Conversaciones ruidosas llegaban a sus oídos. Que me perdieron la valija; que la habitación es un desastre; que no puedo creer que solo haga dos horas que llegué y ya me gasté cien mangos.
Una cuadra. Eso era lo que la separaba del mar. Desde pequeña había ansiado conocerlo pero siempre el problema de la plata estaba primero. Y para cuando ya era más grande, era el trabajo o sino el estudio. Ahh, nadie me saca cuando me acueste en la tibia arena. Miro al mar en todo su azul, me mojo en su sal, me hamaco en sus olas.
Una franja celeste se fue notando cada vez más a medida que se acercaban. Estaba tapada por un paredón que separaba la vereda de la playa.
-Mati.
-Sí, ma.
-Apretarme la mano fuerte.
-No me pierdo má.
No, que me pierdo yo.
-Con tanta gente, una que va a saber. Te agarra uno y zas, no te veo más.
Y sí que había mucha gente. Hasta donde llegaba la vista se podían divisar centenares de sombrillas. Las había de tantos colores que podrían haber dejado a un pavo real como un pajarraco descolorido en comparación. Pero esto acarreaba un problema…
-¿Donde nos vamos a sentar?
Desde que habían empezado a caminar por los caminitos especialmente diseñados, miraban, buscaban con desesperación un lugar para poner la sombrilla y las reposeras. Pasaron al lado de uno de esos clubes de playa y la mujer observó con envidia el enorme espacio que ocupaban y lo cómodas que se veían. Unas carpas enormes verdes y blancas con mesitas y sillas. Fortuna deben salir. No es para todos, es obvio.
-¡Má! ¡Ahí hay lugar! ¡Ahí hay lugar!- se lo veía orgulloso de su descubrimiento.
-Perfecto Mati, ahora ayudame por favor a acomodar las cosas y después te pongo el bloqueador.
Una vez que todo estuvo en su lugar correcto, Matías insistía que su madre lo acompañara al mar.
-Ya voy, me quedo acá un ratito tomando sol y después te acompaño. No quiero verte metido hasta más de la cintura, ¿me oíste? Te voy a estar mirando desde acá.
El niño, un poco decepcionado por no poder meterse con su madre y más profundo, igual salió disparado en dirección al mar. Después de mirarlo por cinco minutos, el calorcito, los murmullos y los ocasionales gritos de: ¡Bebidas!, Coca, Sprite y agua. ¡Palito, bombón, helado!, le hicieron entrar en una especie de estupor de sueño. No supo cuánto tiempo después se escuchó: ¡Choclos!, ¡Calentitos los choclos!
-¡Má!¡Má!
-Mnnmb- fue lo único que llegó a decir adormilada.
-Despertate má.
-¿Qué pasa Mati?- dijo reprimiendo un bostezo. Inmediatamente la cara de su hijo apareció, clara como el agua.
-¿Me comprás el choclo?
Aún semidormida pensó: Se ve que no todos tenemos los mismos motivos para venir… pero que suerte que este lugar nos provee de todos.
-Ok Mati, pero después nos vamos directo al mar los dos.
Él asintió con emoción mientras llamaba al hombre que vendía los choclos y le pedía uno. Su madre se levantó, se sacó el vestido revelando una malla del mismo color y caminó hacia su hijo para pagar por todo. Luego de comer, ambos se dirigieron al mar. Mati corría y miraba hacia atrás como un perro que esperaba que su dueño lo siguiera.
Una sonrisa de verdadera felicidad alcanzó no solo a sus labios sino que a sus ojos. Al fin, después de tanto trabajo podría descansar…


On November 06 2008 Edit







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