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-La suerte no es para todos.- El susurro infeliz expedido por aquel rostro de porcelana se afiliaba a la más pulcra Realidad.
Unos segundos después, lo volvía a vivir. Un hombre la agarró como si fueran a bailar tango. La alzó sin ningún problema, observó su indiferencia. La posó en el suelo como si fuera el ser más frágil de la tierra. Acto seguido, le levantó la falda y disfrutó de sus bragas.
-Vámonos, quiero limpiarme la polla con tu pelo.
Escuche aquel suspiro intenso de aversión. Nuestros ojos se encontraron, y yo asentí.
-No te vayas, es más, no te muevas. Te acuerdas de lo que tienes que hacer, ¿no? No creo que tarde más de una hora, este gordo está convencido de que se va a limpiar conmigo.- Se dio la vuelta, le agarró por los pómulos, le enseñó los colmillos metálicos (otra excentricidad) y rápidamente susurro un agresivo “Aquí mando yo.”
Desaparecieron calle arriba. Sentada en el portal me quedé mirando a la gente que paseaba por la noche. Me acurruqué en una chaqueta roja, y me puse la capucha. No sé cuándo me quedé dormida. Cuando desperté, Mina, otra muchacha, me abrazaba.
-¿Qué tal has dormido Pequeña?- Su tono estaba realmente apagado.
-¿Qué pasó? ¿Dónde está mi madre?
-No pasó nada. Tu mamá tardará en volver. Ese hombre valía la pena.
-Sí, ese hombre de negocios, además, era realmente guapo.
-Lo sé, lo sé, les he visto.
Asentí, consecuente con los actos. En ese mismo momento, salí corriendo. Seguí las luces azules intermitentes de las que mi madre solía huir. Destrozada en un portal, pero aun con sus ojos azabaches brillando, el vómito de su sangre bañaba su cuerpo desnudo.
No lloré. Mi rostro adoptó aquel enfoque de muñeca inerte. Sólo apreté los puños con ira mientras un policía intentaba sonsacarme alguna identificación. Me limité a escupirle y correr hasta mi casa. Allí deje de ser una niña para convertirme en un animal hambriento.
Allí dejé de ser la pequeña Lala para convertirme en la Caperucita loba.
ay
que bonito!!
gracias mami!