Así hablaba Zaratustra
8/9/09
Tres transformaciones del espíritu os menciono: de cómo el espíritu se trueca en camello, y el camello en león, y el león, finalmente, en niño.
Muchas cosas pesadas hay para el espíritu, para el espíritu fuerte y sólido, lleno de respeto. La fuerza de ese espíritu está pidiendo a voces cosas pesadas, y de las más pesadas..
¿Qué es pesado? -pregunta el espíritu sólido-. Y se arrodilla como el camello, y quiere que se le cargue bien.
¿Qué es lo más pesado, héroes -pregunta el espíritu sólido- a fin de echarlo sobre mí, para que huelgue mi fuerza?
¿No es rebajarnos para que padezca nuestro orgullo? ¿Dejar brillar nuestra locura para burlarnos de nuestra sensatez?
¿O bien es separarnos de nuestra causa cuando ella celebra su victoria? ¿Escalar altos montes para tentar al tentador?
¿O es sustentarse con las bellotas y de la hierba del conocimiento y padecer hambre en el alma por causa de la verdad?
¿O es estar enfermo y despedir a los consoladores y trabar amistad con sordos que no oyen nunca lo que quieres?
¿O acaso es zambullirse en agua sucia, cuando es el agua de la verdad, y no apartar de si a las frías ranas y a los calientes sapos?
¿O es amar a los que nos desprecian y tender las manos al fantasma cuando quiere asustarnos?
El espíritu sólido echa sobre sí todas estas cosas pesadísimas; y a semejanza del camello, que corre cargado por el desierto, así corre él por su desierto.
Pero en el desierto más solitario se cumple la segunda transformación: aquí el espíritu se torna en león; quiere conquistar la libertad y ser amo en su propio desierto.
Busca aquí su último amo: quiere ser enemigo suyo y de su último dios; quiere luchar por la victoria con el gran dragón.
¿Cuál es el gran dragón que el espíritu no quiere ya llamar ni dios ni amo? “Tú debes,” se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice: “Yo quiero”.
El “Tú debes” se halla apostado en su camino, como animal escamoso de áureo fulgor; y en cada una de sus escamas brilla en doradas letras: “¡Tú debes!”.
Valores milenarios brillan en esas escamas, y el más poderoso de todos los dragones habla así: “En mí brilla todo el valor de las cosas”.
“Todos los valores han sido creados ya, y yo soy todos los valores creados. En adelante no debe existir el ‘¡Yo quiero!’”Así habló el dragón.
Hermanos míos, ¿qué falta hace el león en el espíritu? ¿No basta la bestia de carga, que abdica y venera?
Crear valores nuevos, eso no lo puede aún el león: pero crearse una libertad para la creación nueva, eso lo puede el poder del león.
Para crearse libertad y un no santo, aun enfrente del deber: para eso, hermanos míos, hace falta el león.
Tomarse el derecho de crear nuevos valores es la más terrible apropiación a los ojos de un espíritu sólido y respetuoso. Eso, para él, es una verdadera rapiña y cosa propia de un animal rapaz.
Como lo más santo amó en su día el “Tú debes”, y ahora ha de ver la ilusión y arbitrariedad aun en lo más santo, para conquistar su libertad a expensas de su amor. Hace falta un león para su fechoría.
Pero decidme, hermanos, ¿qué puede hacer el niño que no haya podido el león? ¿Para qué hace falta que el fiero león se trueque en niño?
El niño es inocencia y olvido, un nuevo comenzar, un juego, una rueda que gira sobre sí, un primer movimiento, una santa afirmación.
Sí, para el juego de la creación, hermanos míos, hace falta una santa afirmación: el espíritu quiere ahora su voluntad; el que ha perdido el mundo ganarse su mundo.
Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: de cómo el espíritu se trocaba en camello, y el camello en león, y el león, finalmente, en niño.
Así hablaba Zaratustra. Y a la sazón residía en la ciudad que se llama la “Vaca Pintoja”.
Friedrich Nietzsche