11/3/09
24.
a un cocainómano no hay nada que le produzca más placer que identificar a otro en la vía pública, oculto entre la población como una especie salvaje, pensaba zenón mientras viajaba en el colectivo.
es como encontrarse con alguien que conoce un apretón de manos secreto pero le da vergüenza demostrarlo, continuaron sus disquisiciones.
todo esto le pasaba por la cabeza mientras observaba al muchacho de jogging negro, pulcramente peinado y perfumado que se agitaba irresistiblemente en el pasillo del vehículo.
la cocaína es una droga mal vista todavía, si señor, pero todos lo usan, descubrirlos en el acto inocultable de su efecto es delicioso, pensaba zenón, los sacudones, el frotarse continuamente la nariz, el tamborileo con los pies, los ojos que danzan alrededor de una habitación, la apenas oculta necesidad de caminar sin pausa en el espacio que se ocupa, la búsqueda y aburrimiento instantáneo de los interlocutores.
el joven se sentó y comenzó a frotar su brazo con insistencia y rutina, inconsciente de su propio movimiento, unos 10 minutos. finalmente se paró y amenazó con bajarse. luego se mantuvo en el colectivo 6 paradas más.
hablaba con la gente, ¿de que habla con la gente?, ¿esa gente lo conoce?, parece un delincuente, pensaba zenón, claro, si está duro a las 6 de la tarde. ¿me esta mirando? ojala no me saque la ficha.
el joven se bajo en la plaza urquiza y partió a buen paso hacia destinos desconocidos.
divertido.