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Me has dejado perplejo. Muchas gracias por compartirlo, es necesario que tomemos conciencia de la situación de mucha gente.
Tengo muchas historias que contar de aquella semana en el Sahara. Fueron 7 días completamente transformadores, quien conociera al Juan Carlos anterior habrá notado el cambio.
Pero de todos los momentos y todas las enseñanzas que aprendí en aquellos días hay una que se acerca mucho al nick que ahora figura en tu messenger.
Si me permites cuento otra historia de aquel viaje, hay parte escrita en la caverna, pero faltan muchos capítulos:
Llegamos a Smara por la tarde, si es que el tiempo tiene algún significado en aquella tierra, primero mi compañero Oscar y luego yo que me había entretenido a grabar algunas entrevistas en el 27, el centro educativo de los campos de refugiados.
Nos alojabamos en la tienda de El Gauz, un viejo patriarca saharaui de estética Castrista que aún a su edad se dedicaba a "hacer la guerra" visitando diariamente la frontera marroquí con el frente polisario.
Nuestra visita fue para ellos una fiesta, si hay algo que celebrar en la tierra de los sueños derrumbados, y para homenajearnos mataron una cabra, que luego supimos que para ellos significaba el sueldo de dos mensualidades de toda la familia. POr supuesto a nuestra marcha no solo devolvimos el agasajo sino que lo hicimos con creces, yo, por ejemplo, regresé con lo puesto, con mi maleta vacía y mo corazón lleno.
El caso es que tras la comida los restos quedaron colgados en una cocina de adobe bajo el amparo de las moscas.
(continúa)
Al día siguiente, al levantarnos, vimos que faltaban varios despieces del animal y le preguntamos a Mohamed, uno de los pequeños de la casa.
Ante nuestro asombro el niño nos dijo que los restos, la cabeza y algunas vísceras, se los habían dado a los pobres.
Perplejos, y en nuestra ignorancia, le preguntamos si había mayor pobreza que la suya y el niño nos contestó que sí, que había una familia, regentada por una madre viuda, que vivía de la caridad del resto de refugiados. Aquello nos hizo pensar en nuestros valores y nuestra percepción de la pobreza y la riqueza.
Hoy todavía me lamento de que me hiciese falta un ejemplo tan gráfico para darme cuenta de que siempre hay alguien a quien podemos hacer feliz con las cosas que a nosotros ya no nos alegran.
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Hace tiempo que no pasaba por aquí para comentarte. Tentado he estado varias veces de comentar este post pero no encontraba las palabras.
Para ahondar en tu reflexión voy a contar un caso personal.
Hace uos años viajé a los campos de refugiados de Tindouf. Allí nos alojamos en casa de una familia, dormíamos 14 personas en la misma tienda de campaña. La primera mañana, al amanecer, mi compañero de expedición, Oscar, y yo procedimos a nuestro habitual aseo matinal, con la conciencia aún occidentalizada.
Nos habían dejado una regadera llena de agua para este fin. Pensamos asearnos por turnos, primero Oscar haría las funciones de ducha, mientras yo me lavaba y luego a la inversa. Cuando las primeras gotas de agua cayeron sobre mi cabeza cerré instintivamente los ojos para que no se irrtaran con el champú, sin embargo un pequeño golpe en mis rodillas me hizo abrirlos. A mis pies, el pequeño de la familia bebía el agua que caía de mi cabeza. Inmediatamente dejamos la regadera en su sitio y no volvimos a asearnos en toda la semana, más que pequeños refregones con unas toallitas húmedas que habíamos llevado.
Aquellas gotas no lavaron mi cuerpo, pero sí mi conciencia y mi corazón.