Y el miedo le dijo al amor que necesitaba un abrazo...
7/14/09
PRÓLOGO
Es cierto..., después del dolor viene la calma. Una calma extraña hecha de nada, cómo si al vomitar parte de nuestra alma en forma de llanto se creara un recoveco por ahí adentro, un camino, un nuevo conducto de vacío absoluto que nos lleva directamente a un lugar en él que, de algún modo, brilla una extraña forma de lucidez. Así es, y no importa que nos sorprendamos con la mirada perdida y en un punto, mientras respiramos lenta y hondamente, prestando especial atención cuando dejamos salir el aire en un quejio casi imperceptible, simplemente no importa... porque es en ese preciso instante en él que nos abrazamos a la esencia de la locura cuando adquirimos otro tipo de lucidez.
Llevo más de media vida, creyendo firmemente en que sólo existen dos elementos que rigen toda nuestra existencia, y que nos hacen ser lo que somos y, por tanto, como somos. El amor y el miedo, el ying y el yang, el blanco y el negro, lo bueno y lo malo, el camino infinito hacia algún punto y el abismo que nos atrapa, nos limita y nos estanca en algún otro punto de ese mismo camino, el miedo y el amor. Pues bien, como me suele pasar muy a menudo, creo, y digo creo para dejar una puerta abierta de esas que estoy acostumbrado a cerrar, que estaba totalmente equivocado. Estos dos elementos no sólo van cogidos de la mano, sino me atrevería a decir que van abrazados de tal forma que, en ocasiones, es casi imposible distinguirlos. Hoy he tenido esa extraña lucidez, ese breve estado de iluminación en él que uno se sumerge, cuando el destino nos otorga la posibilidad de estar justo en medio de ese abrazo de titanes durante, al menos, un instante no medible por “el tiempo”, esa enorme serpiente tatuada con rayitas de mayor y menor tamaño enroscada a nuestro cuello de la que somos prisioneros a la vez que cómplices, y a la que permitimos inyectarnos la más terrible de las miserias, su propia esencia, el veneno que es ella misma.
Hoy he tenido esa extraña lucidez... amiga de aquella que nos viene cuando nos consumimos a lágrimas, y llega el momento en él que somos capaces de esbozar una leve sonrisa acompañada de una respiración tartamudeada. Hoy mi madre, María, la eterna niña de los fósforos, que un día, sola y helada abrió la caja e intentó encender uno para calentarse en la nieve, y se dio cuenta de que, simplemente... era imposible, ya que todos estaban mojados de antemano por su propio destino. María, que aguantó sola en la nieve hasta dar a luz su tesoro más preciado, su niño de ojos grandes y azules, y que siguió aguantando sin fósforos hasta el más crudo de los inviernos abrazada a él, protegiéndolo del frío y avivando esa pequeña llamita de fuego que crecía en el interior del bebe y que algún día le permitiría afrontar sus propios inviernos. Hoy María... veintiocho años después, me ha cogido de la mano, y se ha echado a llorar mientras tartamudeaba entre sollozos que habían ingresado a su mejor amigo, Jesus, uno de esos pocos segundos padres o madres que he tenido, que estaba muy enfermo y que seguramente moriría, luego y después de un silencio, se ha quedado con la mirada perdida en un punto, y ha dicho para si en voz alta, - nunca quiso cuidarse.
No era la primera vez que veía a mi madre llorar, pero si era la primera vez que lo hacía mientras cogía mi mano. Hay pequeños instantes que le ganan la partida al tiempo y la memoría quedándose grabados en la corteza de alguna especie de árbol por toda la eternidad, éste para mí es uno de esos instantes, con él hoy he vivido una extraña sensación de lucidez que, tal vez, me haya regalado las ganas de volver a escribir.
Totalmente de acuerdo, amor y miedo siempre de la mano... Es precioso simoneti, precioso.. me alegra volverte a leer, a veces, es necesario=)