6/21/09
Imagina que te declaran la guerra. Pretenderías juntar a todo el armamento y todos los soldados posibles para que luchasen a tu lado. Harías lo necesario para reunir a todo un batallón que acabe con la sed de los enemigos. Y sacrificarías a uno de tus hombres para que se infiltrara en el bando enemigo y recabar información. Pero imagina además que te declaran la guerra en el momento en el que más vulnerable y desprovisto de ayuda te encuentras. Acabas de salir de otra batalla que ha mermado las fuerzas de tus soldados, ha acabado con toda tu munición, y ha extasiado tu fe para seguir adelante. Estás en territorio enemigo, no conoces el terreno en el que tus cañones deben apoderarse de las raíces que hay en el suelo y clavar en él sus ruedas de metal. Estás debajo de la colina, desde donde apenas se te hace visible la cima en la que tu mayor enemigo acecha para atacar. Estás de culo y contra el viento. ¿Acaso tu mejor opción sería salir huyendo? Correr hasta que los árboles del bosque contiguo hagan de escudo. No, esa opción no debería ser barajada. Las flechas que poseen llevan en la punta un veneno que se introduce en la sangre y que apenas dejan una pequeña herida superficial, pero por dentro roen cualquier resistencia de tu organismo en cuestión de minutos sin el antídoto. No llegarías demasiado lejos. Pero no hay vuelta atrás, si has llegado hasta aquí, si has conseguido luchar y vencer a tus anteriores enemigos, si por muy adversas que se llegaran a poner las circunstancias, y el viento y la lluvia te llevaran la contraria, piensa por lo que estás luchando, por lo que ansías vencer y derrotar de un solo golpe al enemigo. Y no mires para atrás.
Yo reuniria a los mejores intelectuales y diplomaticos para evitar el conflicto.