Los rayos del sol naciente comenzaron a cubrir de luz los valles. Pronto las cumbres quedaron iluminadas por el nuevo amanecer dejando atrás la fría madrugada, pero en aquel enclave de las montañas oscenses, la fortaleza seguía sometida a asedio.
El pequeño de los Maltella, Rodrigo, se acercó con pasos lentos a la ventana saetera de la torre del homenaje. Desde allí dos hombres de armas, vestidos con perneras de distinto color, verde y rojo, disparaban sus arcos. Una mano sobre el hombro de Rodrigo lo sacó de sus pensamientos y tiró de él hacia atrás.
-¡Ten cuidado mocoso!- dijo un nuevo hombre que había aparecido en la sala –sal de aquí si no quieres que te ensarten.
El soldado sacó la espada de su funda y se dirigió a un ventanal mientras Rodrigo, con el susto en el cuerpo, retrocedió unos pasos. Sus pequeños pies enfundados en botas de fieltro trastabillaron sobre el suelo de madera y cayó al suelo de culo, pero poco después se levantó de nuevo para seguir viviendo aquel juego de caballeros de cerca.
Más soldados entraron en la sala a través de la escalera de caracol que unía la torre con el gran salón del piso inferior. Esta vez iban cubiertos con armaduras y daban órdenes en una y otra dirección. Rodrigo los miraba absorto, él también daba órdenes con aspavientos pero pronto se asustó tanto con los gritos como para echarse a llorar. Nadie parecía reparar en él hasta que entre las grandes botas de los soldados apareció su hermana mayor.
-¡Aquí está Rodrigo!- exclamó la niña y cogió a su hermano por debajo de los brazos. Un mayordomo de la corte sorteó a varios hombres armados y llegó junto a los dos niños, luego los acompañó a la puerta para salir de la torre.
En el gran salón de la fortaleza, el señor de aquellas tierras había convocado a sus nobles. Ya habían pasado varias horas desde su llamada, pero aún quedaban algunos asientos por ocupar. Johan no vio ese momento como el idóneo para hacer sus peticiones a su señor, como vasallo que era, pero aún así comenzó a levantarse para mostrarle sus respetos. Los murmullos entre los nobles se convirtieron al punto en una amalgama de conversaciones y el señor del castillo comenzó a pedir silencio con las manos. Ante aquello, Johan volvió rápidamente a sentarse.
-La situación…- empezó diciendo pero al ver que sus nobles no se callaban, optó por elevar la voz – la situación es crítica, pero no por ello debemos de comportarnos alocadamente, esto no es un gallinero- siguió diciendo, pero se vio interrumpido por las risas de unos y los murmullos de otros.
¡Aragón va a caer! Se oyó de pronto entre las masas de nobles, todos se miraron como si se avergonzaran de tamaña afirmación y buscaron en sus rostros a su autor anónimo. La frase llegó a oídos de Diego de Maltella, señor de la fortaleza, quien se encontraba de pie junto a su asiento. Con la mirada, puso en alerta a su séquito y abandonó el salón contrariado. Su fortaleza estaba bajo el fuego navarro y sus nobles bastardos ni siquiera se ponían de acuerdo a la hora de hablar. Lo último que necesitaba oír era una frase como la que acababa de sonar por toda la sala. Que Aragón caería…eso jamás.
Al salir por el portón de la gran cámara de los nobles, se dio de bruces con el mayordomo y su hija mayor, quien sonriente mostraba al pequeño Rodrigo sobre sus brazos.
(extracto de mi novela “El Lobo y el Anillo”)
verins said on 7/3/08 4:41 PM …
Uolaa!! como va el veranito tato? el mio trabajando y aprovechando los ratos sin pekeños.. jeje
Nos contamos :)
*mUa*
miremiau said on 7/3/08 11:37 AM …
hacía mucho que no pasaba por aquí. y tú me tienes abandonada. espero maaaaiiiiil.
¿de tu novela? O_O