Como ya dije en su momento, en esta serie de ensayos pienso dedicarle un especial guiño a cada uno de los miembros del clan donde vivo. Empezaré por mi dueña, la poetísola pequeña.
El ama, la “joven” que ven en la imagen sentada detrás de mí y adosada a un tipo de luto, es una mujer menuda, nerviosa e inquieta, demasiado tal vez para su edad, que no es poca, no olvidemos que, por mucho que a ella le crispe el tema, es una mujer de época, barnizada en tono sepia, nacida el siglo pasado. De carácter apacible y afable, bajo esa supuesta calma chicha, siempre se esconde una posible marejadilla que no llega ni con mucho a temporal, ese bravo oleaje de rizadas y encrespadas olas que le coge de sorpresa al nadador, con la brazada cambiada, y le hace dudar de su capacidad de supervivencia sobre las aguas. Son enfados rápidos que se van igual que llegan, sin rencores, sin mezquinos deseos de venganza, son enfados secos de castellano recio y noble.
Ella y yo tenemos varias cosas en común, aunque tal vez la más significativa sea que ambos nos creemos más duros de lo que en realidad somos. A mi me cuesta creer que yo sólo sea un perro pequeño de cuatro kilos de peso, pues en mi fuero interno me considero tan “hombrón” como un mastín de setenta kilos. A ella le ocurre lo mismo, trata de mostrarse inquebrantable por fuera como si no le pasasen las balas, pero me consta que su vulnerabilidad es superlativa. De hecho yo lo sé de buena tinta: ha llorado varias veces sobre mi hombro. Y eso que no le gusta dar muestras de flaqueza ni que le vean llorar, igual que detesta que le vean fea, ajada o mal presentada. Será cuestión de principios, de coquetería… o de soberbia, eso ya lo ignoro.
Es una solitaria empedernida, pero de las de “por dentro” y de un modo anhelado. Tal vez por el hecho de haber estado siempre rodeada de personas, animales y cosas, huye de la algarada y busca y necesita el silencio tanto como el silencio le necesita y le busca a ella.
Finalmente me gustaría señalar, en este caso como virtud, su enorme fuerza de voluntad para llevar a cabo lo que se propone con pasión y con garra. Como buena Tauro es apasionada y visceral en todo aquello que desea, pero al igual que un corredor de fondo mide sus tiempos y utiliza la cabeza además de la pasión, si quiere llegar indemne a la meta, mi ama hace gala de una inopinada frialdad cuando la ocasión lo requiere.
No soy el perro más objetivo a la hora de enjuiciarla, pues mi enorme cariño y adhesión hacia ella me hace ser poco –nada- imparcial. Vaya como muestra lo que me ocurrió el otro día estando en el campo.
Resulta que me atraganté con un hueso más grande que el calibre de mi tragadero, entono el mea culpa, pero qué se le va a hacer… seré perro filósofo y todo lo que ustedes quieran, mas soy ansioso y tragón como el más bruto de los lebreles, tengo todas las flaquezas de la carne, incluido el gusto por el folleteo, aspecto inédito en mi bagaje vital, y desde aquí emplazo a cualquier perra con fuego en el cuerpo, ya sea puta o monja, a que deje en la sección de comentarios su teléfono, correo electrónico o postal. Bien, como iba diciendo, hete aquí que se me quedó encajada dicha pieza en la garganta y dejé de respirar, caí al suelo rodando como una pelota y… ya no recuerdo más, dicen que me quedé rígido igual que un palo. La cuestión es que de pronto me vi caminando por un túnel que al parecer no tiene nada que ver con el de las Delicias ni con el de la M-30; al final de dicho túnel estaba ella, mi ama pequeña, que, presta, me introdujo sus dedos nerviosos y ladrones hasta el esófago, extrayendo con pericia el cuerpo extraño –extraño para ellos, para mi era un hueso de lo más exquisito- y liberando mi vía respiratoria. Rápidamente me devolvió, envuelto en un abrazo, a este otro lado del túnel, seguimos abrazados así durante un buen rato. Me di cuenta que le sangraba un poco un dedo, de lo que se deduce que durante la maniobra yo le mordí, juro que fue sin intención ni conciencia de lo que hacía, simplemente es que no soporto que me anden en la tráquea, es una manía que me ha dado…
Pachi, el perro filósofo.
http://ana-erre.es/Mis libros están disponible en
http://anaerre.bubok.com/
que relato mas bonito. Primero porque el Patxi te describe de manera increible, se ve que te conoce mucho y llevan muchos años juntos.
Luego porque desprende amor por todos los lados.
No sabia que eras otra de las que lloraba en el hombro del perruco. Yo hago lo mismo, y el muy cochino me chupa las lagrimas.
Tiene sus ventajas tener tu profesion, si a Fidel le pasara lo del hueso yo creo que no seria capaz de hacer lo que hiciste.
Si no te importa tener una pareja de gays en la familia, podriamos intentar juntarlos... jajaja... Fidel tambien es virgen, aunque una vez lo intentamos con una bellisima perra igualita a el, llamada Carla, pero este me salio un poco tonto y por mas que intentaban... nada.
Besos y buen domingo