En 1989, me compraron mi primer corrector líquido. Era uno marca Henkel, con etiqueta gris y caracteres rojos. Me encantaba abrirlo, porque el olor era bastante particular: tóxico, pero no nocivo; químico, pero no desagradable. No lo necesitaba en realidad, en ese año yo estaba en primero básico, tenía 6 años y la obligación era escribir con lápiz mina, pero desde chico me llamaron la atención los artículos de oficina.
Ese corrector, se complementaba con un cuaderno universitario de hojas amarillas y un lápiz pasta rojo, donde yo dibujaba logotipos de las marcas que aparecían en la televisión, escribía mi nombre y el de todos los que supiera hacerlo.
Ese set me lo compró mi abuela.
Claro, yo se lo pedí y ella, con la condición que no le dijera a nadie, accedía a comprármelo. De chico ella apostó con que escribir era mi futuro, por lo que en ese sentido siempre estuvo alentándome.
La madrugada del miércoles, entre las 4 y las 7 de la mañana, con mis tíos estuvimos pintando el living de su casa. Si bien no dejó que se la arreglaran, ahora era la ocasión de entregarle algo decente donde despedirla.
Siempre anduvo con su collar de perlas puesto. Obvio, era de fantasía. Los días de lujo y sociedad habían pasado en su vida hace muchos años, pero nunca dejó de usar ese collar tan característico en ella. Mis tías dijeron que con ese se iba a ir puesto, junto a sus rosarios y la figura de la Virgen de Santa Rosa de Lima, del cual era devota e iba anualmente (hasta que pudo) a rendirle tributo cada 30 de agosto a Pelequén.
Mientras pintábamos, recorrí los rincones de la casa, todos cargados de recuerdos: la cocina, a la cual ella no dejaba por nada del mundo que un niño entrara, para evitar que se quemara, además que ese lugar era propio de ella y nadie podía siquiera poner la tetera para tomarse un té. Ella se adelantaba y lo hacía.
También ahí estaba el refrigerador. Ya no estaba el Mademsa amarillo que no le cerraba la tapa interior del freezer, pero que siempre, cada sábado de la década de los ochenta y noventa, tenía guardada una fuente con jalea de guinda con fruta picada y al que al momento de servir se le bañaba con yogurt Soprole de frutilla. No podía ser otro. Ya se sabrá el por qué.
Al fondo de esa cocina, había una puerta que al abrirla, siempre me traía melancolía, porque en la tarde se veía el Cerro Chena tapando el sol que se estaba escondiendo por detrás. El cielo se veía con un emocionante degradado de azules y celestes.
También al abrir esa puerta, estaba el fierro con el que me electrocuté cuando chico por tocarlo con las manos mojadas mientras jugábamos a las botellas con agua con mi hermano, mi primo y una vecina que vivió en esos años allá. De esa gracia guardo la cicatriz en mi dedo meñique de la mano izquierda.
Luego estaba la habitación, que siempre me dijo sería mía. En ella dormía en los veranos e inviernos en los que pasaba junto a ella. En esa habitación había una gran colección de “Zona de Contacto” de los años 95 al 97. Fue ahí que identifiqué que mi destino era escribir, porque me encantó leer todos esos artículos y reportajes y la manera que tenían de hacerlo.
Cada vez que visito la casa, entro a la habitación y espero encontrarme con esa rumba de papel de diario. No sé cómo llegaron ahí. Tampoco sé cómo es que se fueron.
Más cerca de la puerta de entrada, estaban unas tablas de madera desniveladas unas de otras en el piso, que cuando niño, asimilaba que eran las líneas del metro, donde me llevaron por primera vez en 1988 a recorrer unas tías. Por esas tablas yo pasaba un camión de juguete y jugaba a que ese era mi metro, porque la experiencia para mi fue fascinante.
Y me dejaban jugar, a lo que quisiera: a leer las noticias, a escribir en un diario, a los autos. Más tarde, a sacar el equipo de música y conectarlo al personal stereo y hacer mis conexiones brujas para probar como podría sonar y qué pasaba si conectaba tal cosa con otra. Nunca me cuestionaron lo que hacía, siempre confiaban en mí.
Sólo me pedía que no saliera a la calle. Siempre le tuvo miedo a la calle, influenciada quizás por las noticias o sugestionada por algún comentario de sus vecinas, a las cuales conocía a todas, sin excepción y que me mandaba a saludar para no quedar de mal educado.
Llegando a la esquina donde estaba ubicado un mueble tipo biblioteca, estaba puesto el televisor, uno Sharp color de 21” con sintonía mecánica, al que había que pegarle un golpecito para que se ajustara en el canal. Recuerdo que se sentaba sagradamente a las 3 de la tarde de todos los sábados casi encima del aparato y de ahí no había quien la sacara. A esa hora empezaba “Sábados Gigantes”. Con una manifiesta devoción, disfrutaba de todo lo que hacía “Don Francisco”. Y si él decía que el mejor yogur era Soprole, de ese había que comprar...
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