Así que me conoces. Has estado teniendo fantasías conmigo, ¿es eso?Eres el prisionero que trasladaban para ejecutar —respondió ella, y su voz adquirió un tono duro—. Estabas con los soldados de ahí fuera.Cree que lo he hecho yo, que yo los he matado, pensó Billy.Estaba escrito en su cara de duendecillo. Billy se dio cuenta de que si no había relacionado los muertos andantes con lo que le había pasado al jeep, probablemente ella tampoco tenía ni la más remota idea de lo que estaba sucediendo. Y no veía ninguna razón para sacarla de su error. Estaba intentando hacerse la dura, pero Billy notó que la intimidaba. Podría usar eso para salir de allí.Uuh, ya veo —dijo—. Estás con los STARS. Bueno, sin ánimo de ofender, pero los tuyos no parecen quererme mucho. Así que nuestra pequeña charla se tiene que acabar.Bajó el arma, se volvió y se alejó, andando tranquilamente y sin prisas, como si no estuviera interesado en absoluto por la presencia de la chica. Contaba con que su clara falta de experiencia y el temor que él le inspiraba le impidieran actuar. Era un riesgo calculado, pero pensó que valdría la pena.Se metió el arma bajo el cinturón, y ya estaba a mitad del pasillo cuando oyó cómo corría para alcanzarlo.Mierda, mierda.¡Espera! ¡Estás arrestado! —dijo ella con voz firme.Billy se volvió y vio que la chica ni siquiera había desenfundado su arma. Se esforzaba por parecer feroz, pero no lo acababa de conseguir. Si la situación hubiera sido menos peligrosa, menos extraña, Billy habría sonreído.No, gracias, muñeca. Ya he llevado las esposas —repuso, alzando la mano izquierda y haciendo tintinear las esposas. Se volvió y siguió avanzando.¡Podría dispararte, lo sabes! —gritó ella a su espalda, pero ahora había desesperación en su voz. Billy continuó avanzando. Ella no le siguió, y al cabo de unos segundos Billy estaba atravesando la primera puerta de conexión.Con una leve sonrisa, aliviado, abrió la puerta del vagón donde se hallaban los pasajeros muertos. Era mejor así, que cada uno se las arreglara por su cuenta y todo eso…Y se encontró con que el hombre muerto que había estado medio tirado sobre el asiento del fondo se hallaba de pie, tambaleante, con el ojo que le quedaba clavado en Billy. Con un gemido hambriento, la criatura trastabilló hacia adelante y extendió sus destrozados dedos como si tuviera que tantear su camino hasta Billy.
Si pudiera conseguir que los del equipo vinieran rápidamente, ellos se encargarían de Billy. Y lo más importante, deseaba no ser la única en saber que alguna especie de plaga se había abatido sobre Raccoon. Resultaba curioso. De repente, atrapar a un asesino convicto había descendido bruscamente en su lista de prioridades.¡Bam! ¡Bam!Incluso antes de que pudiera tocar el botón del transmisor, oyó los dos disparos en el vagón contiguo, en la dirección en la que Billy se había marchado. Dudó un momento, sin saber qué hacer, y en ese instante, una ventana estalló a su espalda.
Se volvió, y en medio de los añicos de cristal vio una figura humana cayendo al suelo.¡Edward!El mecánico no respondió. Rebecca corrió al lado de su compañero de equipo, evaluando rápidamente su estado. Aparte de una enorme herida abierta en el hombro derecho, tenía la cara grisácea por el espanto y la mirada empañada y desenfocada. Todas las partes expuestas de su cuerpo estaban cubierta de contusiones y abrasiones.
—¿Estás bien? —preguntó Rebecca, mientras abría su botiquín de campaña y sacaba un grueso parche de gasa. Rompió el envoltorio y se lo aplicó sobre el hombro a su compañero mientras pensaba con una sensación de abatimiento que no le serviría de mucho. A juzgar por la cantidad de sangre que le empapaba la camisa, seguramente tenía la venas subclavia seccionada. Se sorprendió de que siguiera con vida, y más aún de que hubiera tenido fuerzas para saltar por la ventana.
—¿Qué ha pasado?Edward giro la cabeza hacia ella, parpadeando lentamente. Su voz estaba crispada por el dolor.Peor que… No podemos…Rebecca aguantó la venda con firmeza, pero ya estaba casi empapada. Edward necesitaba un hospital inmediatamente, o no lo resistiría.La voz de Edward sonó aún más débil.
—Ten cuidado, Rebecca… —dijo trabajosamente—, el bosque está lleno de zombis… y monstruos…
Rebecca comenzó a decirle que no hablara más, que no malgastara sus fuerzas, cuando otra ventana estalló a su izquierda, cubriéndolos a ambos de fragmentos de vidrio. Dos figuras gigantescas entraron saltando a través del marco vacío. Una desapareció por la esquina del pasillo y la otra se volvió hacia ellos.Zombis y monstruos.Un perro, era un perro enorme. Pero no era como ninguno de los perros que había visto en su vida. Podría haber sido un doberman en algún momento
pero al ver las fauces abiertas goteantes de saliva y los pedazos de carne y músculo que le colgaban de las ancas, Rebecca se dio cuenta de que también «eso» estaba infectado por la enfermedad que había acabado con los pasajeros del tren. No sólo tenía aspecto de muerto, sino que parecía destruido, con una película roja sobre los ojos y el cuerpo apedazado como un mosaico enloquecedor de piel mojada y tejidos sanguinolentos.
Edward no sería capaz de protegerse. Rebecca se alzó lentamente y dio un paso atrás, alejándose del agonizante mecánico. Tenía la pistola en la mano, aunque no recordaba haberla desenfundado. Oyó al segundo perro jadeando por el corredor, fuera de su vista.
Apuntó al ojo izquierdo del animal y por primera vez comprendió el verdadero horror de esa enfermedad, fuera ésta cual fuera. Su enfrentamiento con los pasajeros casi muertos había sido terrible, pero tan aturdidor que casi no había tenido tiempo de considerar lo que significaba. Pero al ver a la monstruosa bestia de patas tiesas que tenía delante, cuyo gruñido se iba alzando hasta convertirse en un penetrante aullido de hambre, se acordó del perro de su infancia, un peludo labrador de color negro llamado Donner, se acordó de cuánto lo había querido, y se dio cuenta de que eso probablemente había sido alguna vez la mascota de alguien. Igual que esa gente a la que había disparado
que alguna vez habían sido humanos y se habían reído o llorado, y tenían familias que los echarían de menos, familias que quedarían destrozadas por su pérdida. Ya fuera una enfermedad, un escape químico o un ataque, lo que había causado todo eso era una abominación.
La idea cruzó su mente por un instante y desapareció. El perro tensó sus descarnados costados, preparándose para atacar, y Rebecca apretó el gatillo. La nueve milímetros le dio una fuerte sacudida en la mano y el estruendo resultó ensordecedor en un espacio tan pequeño. El perro se desplomó.Rebecca se volvió y apuntó hacia el pasillo, esperando a que apareciera el segundo perro. No tuvo que esperar mucho.Rugiendo, el animal saltó desde la esquina con las fauces abiertas. Rebecca disparó. El tiro entró por el pecho del perro y lo lanzó hacia atrás con un agudo gemido de dolor, pero siguió en pie. Se sacudió como si acabara de salir del agua y gruñó, dispuesto a ir a por ella, aunque una sangre oscura y pustulenta le manaba de la herida.
¡Debería haberlo matado, esa bala debería haberlo dejado seco!Igual que la gente en el vagón de pasajeros, parecía que sólo una herida en la cabeza acabaría con él. Rebecca alzó la pistola y disparó de nuevo. Esta vez le dio en el centro de la estrecha cabeza. El perro cayó, se sacudió en un espasmo y quedó inmóvil.Podía haber más. Rebecca bajó ligeramente el arma
se volvió hacia las ventanas rotas e intentó ver a través de la oscuridad y la lluvia a la vez que se esforzaba por oír algo que no fuera la tormenta. Al cabo de unos segundos desistió. Se volvió hacia Edward mientras buscaba una nueva venda en la mochila, y se detuvo con la mirada clavada en su compañero de equipo. De la herida del hombro ya no salía sangre.Rápidamente le buscó el pulso bajo la oreja izquierda, pero no encontró nada. Edward miraba hacia el suelo con los ojos medio abiertos, muerto.Lo siento —murmuró Rebecca, quedándose en cuclillas. Resultaba inconcebible que Edward hubiera muerto en el corto espacio de tiempo en que ella había estado disparando contra aquellas cosas perrunas, y sintió que la culpabilidad la invadía. Si hubiera sido más rápida, si le hubiera vendado mejor la herida…Pero no lo hiciste, y cuanto más rato estés aquí sentada sintiéndote culpable, más probabilidades tienes de acabar como él. ¡Muévete!Rebecca se sintió aún más culpable ante ese frío pensamiento, pero una mirada hacia las ventanas abiertas la hizo ponerse en pie. Tendría que evaluar su culpa más tarde, cuando no fuera peligroso hacerlo.El radiotransmisor emitió un pitido. La agarró mientras se alejaba de las ventanas y del pobre Edward.La recepción era mala, pero supo que era Enrico. Se llevó el altavoz a la oreja y sintió un gran alivio al oír la voz del capitán entre la estática.
—¿… me recibes? … más información sobre… Coen…
De mala gana, Rebecca se acercó a las ventanas confiando en que mejoraría la recepción, pero la estática siguió casi igual. internado … mató al menos a veintitrés personas… cuidado…¿Qué?Rebecca apretó el botón de transmisión.¡Enrico, aquí Rebecca! ¿Me recibes? Cambio.Estática.¡Capitán! STARS Bravo, ¿me recibes?Largos segundos de estática. Había perdido la señal. Volvió a colgarse el radiotransmisor del cinturón. Tenía que regresar al helicóptero, explicar a los otros lo de Edward, lo de Billy y lo del tren, y el terrible peligro al que se enfrentaban. Cambió el cargador de la nueve milímetros y se tomó unos momentos para recargar el que tenía medio lleno. Lanzó una triste mirada final a su compañero caído, saltó sobre el cuerpo del perro, intentando no resbalar en el charco de sangre que lo rodeaba, y se dirigió al vagón de pasajeros.Aunque sabía que debería estar impaciente por correr detrás del preso escapado para arrestarlo, esperaba no volver a ver a Billy. La muerte de Edward, los perros… Se sentía aturdida e incapaz de imponer su autoridad. ¿Veintitrés personas? La recorrió un escalofrío, y se sorprendió de que no la hubiera matado cuando tuvo la oportunidad.
En el vagón de pasajeros vio el resultado de los dos tiros que había oído antes. La víctima enfermiza que antes creyó ver moverse, aunque no estaba segura, al parecer seguía viva, a fin de cuentas. Debía de haber intentado atacar a Billy igual que los otros fueran a por ella. Se detuvo en la puerta del fondo del vagón por la que había entrado inicialmente y contempló los cuerpos descompuestos de la gente a la que había matado. Si Edward estaba en lo cierto, tendría que moverse con rapidez.
Y quizá no fuese Billy quien había matado a los marines.
Rebecca parpadeó. No se le había ocurrido antes, pero puede que hubieran atacado el jeep y eso había permitido a Billy escapar, lo había obligado a salir corriendo. Parecía probable. Los dos cadáveres tenían señales de haber sido atacados violentamente, no les habían disparado; los perros podrían haberlo hecho.
Negó con la cabeza. No importaba. De todas maneras era un asesino, y si no se sentía capaz de apresarlo, más le valdría buscar a alguien que pudiera hacerlo. Por muy seria que fuera la desconocida enfermedad, no podían dejar que Coen escapara.
Dejó a su espalda el vagón de pasajeros y se apresuró a cruzar el vagón vacío hasta la puerta, esperando que los demás estuvieran de regreso en el helicóptero. No sabía muy bien cómo dar la noticia de la muerte de Edward; eso iba a ser duro.
Rebecca frunció el entrecejo y empujó con fuerza la puerta corredera, que se negaba a abrirse. Presionó el picaporte una y otra vez, luego le pegó una patada a la puerta, maldiciendo en silencio. Estaba atascada, o Billy la había cerrado para evitar que lo siguiera.
—¡Maldita sea! —Se mordisqueó el labio inferior y recordó la llave en la mano del operario muerto. No había conseguido sacársela y se había olvidado de ella después de su encuentro con Billy, por no hablar de Edward y los perros. Pero ¿quién necesitaba una llave? Le sería más fácil salir por una de las ventanas rotas; no representaría ningún problema.
Oyó el sonido de una puerta que se cerraba y miró a la izquierda, hacia el final del tren. Alguien se movía en el siguiente vagón. Otro pasajero enfermo, probablemente. O quizá Billy seguía allí. De cualquier manera, ella estaba lista para salir y tenía ventanas donde elegir.
A no ser… que sea otra persona la que esté allí, alguien que necesita ayuda.Incluso podía ser otro de los STARS. Una vez se le ocurrió esa idea, se sintió en el deber de echar un vistazo, aunque eso no fuera muy inteligente. Caminó rápidamente hasta el fondo del vagón mientras se preparaba para cualquier cosa. No parecía posible que esa noche pudiera ocurrir algo más extraño aún, pero también era cierto que la mayoría de lo que había pasado no parecía posible. Quería estar preparada para todo.Abrió la puerta del siguiente vagón y echó una ojeada mientras barría el espacio con la nueve milímetros. Se sintió muy aliviada al encontrarlo vacío y sin sangre. A la izquierda había una escalera que subía, y al frente, una puerta. Ésa debía de ser la puerta que había oído cerrarse…
Y entonces se abrió y por ella entró Billy Coen.
Billy se detuvo, miró a la chica y a la pistola que llevaba en la mano y se alegró de que estuviera viva, de que tuviera una arma y de que, al parecer, supiera utilizarla. Después de lo que había descubierto, tener un compañero podía ser su única oportunidad de sobrevivir.La cosa está mal —dijo, y pudo ver que ella sabíaque no se refería al arma que lo apuntaba. Rebecca no respondió, sólo lo miró fijamente y siguió apuntándolo con la nueve milímetros. Billy supo que se habían acabado los juegos y alzó las manos. La esposa que le colgaba le golpeó la muñeca.Esa gente, los que has matado, estaban enfermos —prosiguió Billy—. Uno intentó morderme.
Le pegué un tiro y encontré una libreta en su bolsillo. ¿Puedo…?
Comenzó a bajar la mano para llevársela al bolsillo trasero.
—¡No! ¡Mantén las manos en alto! —ordenó la chica, moviendo el arma. Aún parecía asustada, pero aparentemente estaba dispuesta a arrestarlo.
—De acuerdo —contestó—. Cógela tú. Está en mi bolsillo trasero.
—Estás de broma, ¿no? No voy a acercarme a ti.
Billy suspiró.
—Es importante, es una especie de diario. No lo entiendo demasiado, pero es algo sobre una investigación en un laboratorio que ha sido abandonado o destruido, y también habla sobre un puñado de asesinatos que han estado ocurriendo por aquí y de la posibilidad de que se haya escapado un virus. Algo llamado el virus-T.
Billy captó una chispa de interés en los ojos de Rebecca, pero ésta quería jugar sobre seguro.
—Lo leeré cuando te vuelvas a poner las esposas —dijo.
Billy negó con la cabeza.
—No sé lo que está pasando, pero es peligroso. Alguien ha cerrado todas las salidas, ¿te has dado cuenta? ¿Por qué no cooperamos hasta que podamos salir de aquí?
—¿Cooperar? —Alzó las cejas—. ¿Contigo?
Billy se acercó y bajó las manos sin hacer caso del arma que le apuntaba a la cara.
—Escucha, pequeña, por si no lo has notado, hay una mierda bien extraña en este tren. Yo, por mi parte, quiero salir de aquí, y solos no tendremos ninguna oportunidad de lograrlo.Rebecca no bajó el arma.¿Esperas que confíe en ti? No necesito tu ayuda, puedo arreglármelas sola. Y no me llames pequeña.Billy estaba empezando a hartarse de ella, pero se contuvo.Muy bien, señorita Hazlotumisma —dijo—. ¿Cómo debo llamarte?Me llamo Rebecca Chambers respondió—. Y para ti, agente Chambers.Bueno, Rebecca, ¿por qué no me explicas tu plan de acción? —preguntó Billy—. ¿Vas a arrestarme? Perfecto, hazlo. Llama a todo el ejército y diles que traigan la artillería pesada. Podemos esperarlos aquí.Por primera vez, ella pareció dudar.La radio no funciona —repuso.
Mierda.¿Cómo vas a salir de aquí? —preguntó él—. ¿Por tierra o por aire? ¿Está muy lejos tu transporte?Hemos venido en helicóptero, pero… se ha averiado —respondió Rebecca—. Aunque eso no es asunto tuyo. Ponte las esposas. Mi equipo está esperando fuera.Billy bajó las manos.
—¿Están lejos? ¿Estás segura de que siguen por aquí?La chica frunció el entrecejo.Esto no es un concurso de preguntas, teniente. Te voy a sacar de aquí. Date la vuelta y ponte de cara a la pared.
—No. —Billy cruzó los brazos—. Dispara si tienes que hacerlo, pero de ninguna manera voy a entregar mi arma o a dejar que me pongas las esposas.
este juego ews el code veronica o me estoy confundiendo,vueno,el echo es que resident evil es el mejor juego de terror que hay en playstation sacando el 4 que no me gusto mucho
saludos
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sarpado
esta weno el libro si t falta
alguno pedime el mail yo
tengo 7 libros del resident evil
saludos amigo
Rebecca contempló a Billy salir del vagón y se sintió impotente y muy joven. Él ni siquiera miró hacia atrás, como si no valiera la pena preocuparse por ella.Y al parecer, así es, pensó Rebecca, dejando caer los hombros. No se había esperado que fuera tan…, bueno, tan atemorizador. Grande, musculoso, con unos ojos de acero oscuro y un intrincado tatuaje tribal que le cubría todo el brazo derecho. Pudo verlo porque la fina camiseta de algodón que llevaba le dejaba ambos brazos al descubierto. Tenía un aspecto duro, y después de su terrible encuentro con los casi muertos andantes, Rebecca no se había sentido capaz de detenerlo.Sin mencionar que te pilló desprevenida.
Había encontrado un cadáver solitario en la parte delantera del vagón, uno de los operarios del tren, y vio lo que parecía una llave en la fría mano del muerto. Como la única otra puerta por la que salir del tren estaba cerrada, había intentado conseguir la llave; era eso o regresar a través del vagón de pasajeros. Estaba tan concentrada intentando coger la llave sin romper los rígidos dedos que no había oído acercarse al convicto, no hasta que fue demasiado tarde. Después de su encuentro, mientras regresaba a la parte delantera del vagón, se fijó en que, de todas formas, la puerta cerrada se abría con tarjeta. Fantástico. Hasta el momento lo estaba haciendo de maravilla.
Se volvió y agarró la radio, dispuesta a admitir la derrota.