Pocas veces he visto algo tan desolador como un desguace de coches. Automóviles apilados unos encima de otros, tullidos: sin puertas, sin motor, sin asientos... esnudos ante la atónita mirada de un buscador a la caza de esa pieza que se le ha roto.
LLuvia, nieve... o un sol abrasador, los coches van perdiendo su color y forma; y con ello esa imagen de medio de transporte que nos llevó ese verano de vacaciones al mar.
Aplastado entre un modelo rojo y otro turbo diésel, suspira con un leve ronroneo... al menos a él le siguen quedando los asientos de atrás, esos donde tantas veces había sentido un amor de juventud sin casa propia.
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