chile 2008 =)
7/14/09
Capitulo 18
Roberta: De acuerdo, Edward —fue hacia la puerta—. A mi tío no le gusta que lo hagan esperar.
Mientras bajaba las escaleras, trató de serenarse. Había pensado que no le costaría seguir adelante con aquella farsa. Una vez que su tío se convenciera de que se había casado con Edward por amor, le daría su dinero. No se atrevería a pedir que se lo devolviera si el matrimonio fracasaba. Aunque no le gustaba mentir, era por una buena causa. Podía haber esperado a encontrar a otro hombre; pero, ¿cuánto tiempo podía haber pasado? ¿Y cómo iba a fiarse de su propio criterio después de dejarse engañar por Edward? Y, desde luego, no quería esperar cinco años más para conseguir el dinero. Una vez abajo, Roberta se detuvo a esperar a Diego. Le dio alcance segundos después, le agarró la mano y entrelazaron los dedos.
Diego: Adelante
Encontraron a Sinclair sentado en un sillón enorme de la biblioteca. Alistair había puesto el coñac sobre una mesita y estaba de pie, quieto en la sombra. El tío de Roberta no se molestó en saludarlos al entrar y siguió con la nariz hundida en el libro que estaba leyendo. Roberta se sentó frente a su tío e instó a Diego a que tomara asiento a su lado. Alistair les sirvió una copa y volvió a retirarse. Al cabo de cinco minutos, Sinclair levantó por fin la cabeza, como sorprendido al ver a su sobrina y a Diego en la biblioteca.
Sinclair: Ya has vuelto —dijo mirando a Roberta—. Espero que te hayas aplicado protector solar.
Roberta: Hacía un tiempo maravilloso, tío.
Diego: Maravilloso.
Sinclair: ¿Has visto algún pájaro?
Roberta: Había muchos. Seguro que habrías podido añadir alguna especie nueva a tu lista..
Sinclair: ¿Te gustan los pájaros, Edward? —le preguntó entonces.
Diego: Sí, sobre todo los gorriones —En vista de que Sinclair se quedó callado, añadió—. Tengo entendido que te gustan las monedas. ¿Cuál es tu favorita?
Sinclair: Deja que te enseñe —cerró el libro—. Alistair, tráeme el catálogo.
Roberta dio un pellizquito a Diego en la mano. A su tío le encantaba hablar de sus monedas con quienquiera que estuviese dispuesto a escucharlo. Se levantó, se acercó a la biblioteca y echó un vistazo a los títulos de los libros mientras Sinclair contaba la historia de sus monedas.
Sinclair: Ésta es muy valiosa. Se acuñó en 1866. Sólo hay una en mejor estado y la subastan la semana que viene.
Diego parecía realmente interesado. De hecho, agarró una banqueta para poder sentarse al lado de Sinclair y examinar las monedas de cerca. Roberta lo contempló bajo la luz tenue de la sala, cautivada por lo dulce que podía resultar. ¿Cómo era posible que un hombre como Diego Quinn hubiera conseguido estar soltero tanto tiempo?
Sinclair: Y ésta es de 1974 —continuó
Diego: ¡Guau! Parece nueva.
Sinclair: ¡Roberta! Trae la enciclopedia que te regalé por navidades en 1991 —dijo y su sobrina sacó de un estante un volumen—. Si te interesan las monedas, este libro es el mejor —añadió dando una palmadita sobre la Enciclopedia de monedas estadounidenses.
Diego:¿Sólo coleccionas monedas nacionales?
Sinclair: Monedas y sellos. Pero sólo de los Estados Unidos. Un buen coleccionista tiene que fijarse unos límites. De ese modo, no desperdicias dinero buscando cosas que en realidad no necesitas —contestó. Luego le devolvió el catálogo a Alistair y se levantó—. Seguiremos hablando, Edward. Eres un hombre interesante.
Diego: Gracias, señor —dijo al tiempo que se ponía también de pie.
Roberta esperó a que su tío y Alistair salieran. Luego sonrió.
Roberta: Te ha enseñado la enciclopedia.
Diego: ¿Eso es bueno?
Roberta: No es más que un libro, pero es como su Biblia. Debe de sabérselo de memoria.
Diego asintió con la cabeza y cerró la enciclopedia.
Diego: ¿No me va a poner una prueba?
Roberta: Puede, pero no de inmediato —se agachó y le dio un beso en la mejilla—. Eres un buen marido.
Diego: Para eso me pagan —sonrió encogiéndose de hombros.
Se le paró el corazón. Por un momento, Roberta había olvidado que no era más que una interpretación y que aquel hombre apuesto no era en realidad su marido.
Roberta: Supongo que es hora de acostarse.
Diego: Ya sé lo que haré si no puedo dormir — dijo sujetando la enciclopedia.
SIGUE ABAJO
Luego la rodeó por la cintura y salieron juntos de la biblioteca. Roberta sabía que aquel gesto posesivo era innecesario. Estaban solos. No los veía nadie. Pero le gustaba lo que sentía cuando la tocaba, la sensación de cariño que le transmitía. Pero, ¿qué ocurriría una vez que se encerraran en la habitación?, ¿seguirían adelante con aquel falso romance? El corazón se le aceleró con cada escalón que subían. Había llegado la noche de bodas que no había tenido. Y le daba miedo que amaneciese demasiado pronto. Diego cerró la puerta del dormitorio y se recostó contra ella mientras Roberta avanzaba hacia la cama de matrimonio. La habitación, como el resto de la mansión, estaba llena de antigüedades caras y telas bonitas, nada que ver con la casa destartalada en la que se había criado o el piso en el que vivía en Southie.
Todo eran recordatorios de que pertenecían a mundos distintos. El cheque de diez mil dólares que tenía en la cartera representaba una fortuna para él, la oportunidad de establecer su negocio. Para Roberta, en cambio, era calderilla.
HASTA AQUI
niñas...termine mi examenes, hasta el 22 que tengo que dar examen de repeticion en un ramo que me fue mal. pero al menos por ahora "descansare" me voy a dormir pk llevo 3 noches casi sin dormir
las quiero bye