Chile =(
7/11/09
Capitulo 15
La cuchara estaba a medio camino cuando el hombre formuló la pregunta. Roberta se atragantó y se limpió con la servilleta. Los ojos empezaron a llorarle.
Roberta: ¿Es... tu hijo?
Seamus: Diego es mi hijo, sí. Soy Seamus Quinn. ¿Y tú eres?
Roberta: Roberta Rand.
Seamus: Me sorprende que Diego no nos haya contado que había encontrado a una mujer. Claro que el chico nunca ha sido muy hablador.
Roberta: En realidad no soy su mujer. Al menos técnicamente -se levantó y agarró el bolso para arreglarse el rímel corrido de los ojos—. ¿Me disculpas un momento? En seguida vuelvo.
El aseo de mujeres estaba en la parte de atrás, pasada la mesa de billar. Una vez dentro, echó el cerrojo y se miró al espejo.
Roberta: Tranquila Si acepta la oferta, todo irá bien. Y si se niega, ya te las arreglarás.
Luego abrió el bolso y sacó el neceser de los cosméticos. Iba a tener que utilizar todas las armas que estuviesen a su alcance, incluida perfumarse y perfilarse los ojos y la boca de modo que resultaran irresistiblemente sexys.
Diego entró en el Pub de Quinn y buscó a su padre con la mirada. Seamus lo había llamado hacía diez minutos, nervioso, pidiéndole que fuera al pub de inmediato. Había dicho que era urgente, pero se había negado a entrar en detalles; de modo que había tenido que interrumpir el partido que había estado viendo en la tele para acercarse al bar. Mientras se dirigía hacia allá había pensado que tal vez hubiera mucha gente y simplemente necesitaba que alguien le echara una mano. Pero la gente que había allí era la normal para un sábado. Diego tomó asiento en un extremo de la barra, agarró un mandil, se lo puso y vio que su padre se acercaba a él.
Seamus: Me alegra verte.
Diego: ¿Qué pasa?
Seamus: Está aquí. En el aseo.
Diego: ¿Quién?
Seamus: Tu mujer. Hemos estado hablando un poco y dice que estás casado.
Diego frunció el ceño. Una cosa era querer llamar la atención del único hermano Quinn que quedaba libre y otra llegar a esos... Dios, ¿se estaría refiriendo a Roberta Rand?
Diego: ¿Qué aspecto tiene, papá?
Seamus: Tiene aspecto de acabar de casarse.
Diego: ¿Es rubia?, ¿con el pelo ondulado? —se puso la mano en la barbilla—. ¿De esta altura?
Seamus: Ha dicho que se llamaba Robbi o...
No se molestó en continuar la conversación con su padre. Se quitó el mandil, lo dejó sobre la barra y fue hacia el servicio de mujeres. Al despedirse de Roberta aquella noche después de la boda, se había dicho que no volvería a verla. Y aunque sentía curiosidad por lo atraído que se había sentido hacia ella, había preferido no prestarle atención. No estaba preparado para enamorarse y sospechaba que nunca lo estaría.La puerta de los aseos se abrió un instante antes de que pusiera la mano en el pomo. Roberta apareció ante él, con una mezcla de sorpresa y cautela en su expresión. Diego trató de decir algo. Se le ocurrieron varias frases para romper el hielo y abrió la boca para probar suerte con una. ¿Qué le pasaba con esa mujer? Tan pronto se sentía cómodo con ella como era incapaz de hablar y pensar con normalidad. De pronto, Roberta se lanzó a sus brazos y lo besó. Al principio se quedó demasiado asombrado como para responder. Pero cuando separó los labios, Diego no vio razón alguna para no disfrutar de lo que le ofrecía. La sujetó por la cintura, la atrajo contra su cuerpo y aumentó la intensidad del beso hasta dejarla rendida en sus brazos. Cuando Roberta se apartó, tenía las mejillas encendidas y los ojos chispeantes.
Diego: Hola
Roberta: Hola —esbozó una sonrisita—. Supongo que te estarás preguntando qué hago aquí.
Diego: No —contestó él.
Lo cierto era que desde que había rozado su boca, había dejado de preocuparse por el motivo de su visita. El beso era motivo de sobra. En las últimas dos semanas casi había olvidado el sabor de sus labios, la sensación de tenerla entre sus brazos...
Roberta: ¿No?
Diego: Bueno, quizá —reconoció—. ¿Qué tal en Hawai?
Roberta: Bien: buen tiempo, playas preciosas. Era la única mujer soltera en un chalé de luna de miel, así que me sentía un poco rara. Pero me venía bien descansar un poco. Ha sido una buena forma de celebrar mi veintiséis cumpleaños.
Diego: Felicidades —dijo, al tiempo que le acariciaba un mechón sobre la oreja.
Roberta: Gracias. Un año más vieja, pero no un año más sabia.
Diego: Roberta, ¿Qué haces aquí?
Roberta: Yo... quería verte —contestó. Luego se quedó callada. Negó con la cabeza—. No, no es verdad. Tío Sinclair se ha mudado a la mansión donde vivo a pasar una temporada. Hasta que se celebre una subasta de numismática. Y, claro, no se le ha ocurrido alquilar una habitación de hotel cuando yo tengo ocho habitaciones vacías.
Diego: ¿Le has dicho lo de Edward?
Roberta: Necesito que me hagas un favor —respondió inquieta—. Sé que te dije que sólo tendrías que hacerte pasar por mi novio un día; pero creo que voy a necesitarte un poco más de tiempo. Y me preguntaba si podía... alquilarte unas semanas más.
Diego:
Roberta: Necesito que me hagas un favor —respondió inquieta—. Sé que te dije que sólo tendrías que hacerte pasar por mi novio un día; pero creo que voy a necesitarte un poco más de tiempo. Y me preguntaba si podía... alquilarte unas semanas más.
Diego: ¿Alquilarme?
HASTA AQUI
NIÑAS EL MARTES TENGO EXAMEN
Y ANDO SIN TIEMPO
LAS QUIERO
BYE