9/5/08
Querido John,
te escribo desde Los Angeles, o Hell-LA, como le dicen por aquí. Y es que ha resultado ser que la costa oeste no es tan diferente como cabía esperar. Aquí, o eres un estafador o un estúpido de remate, así que siempre anda todo el mundo enfadado de un lado para otro.
Por las mañanas salgo muy temprano en busca de algún empleo. Tomo el tranvía, a esas horas va abarrotado de gente con el ceño bien funcido. Bueno, en realidad a todas horas. Menos los viernes a partir de la tarde que siempre va la gente de buen humor y hasta ríen. Pero a mí se me ha pegado tanto que ya ni los viernes descanso. Lo único con lo que disfruto es asomarme a la ventana de la pensión. Hay días en los que van una madre y su hija muy pequeña a sentarse a un banco de la plaza y se pasan allí la tarde bien agarradas la una a la otra sin apenas moverse. Sólo esta estampa consigue arrancarme algún tipo de sonrisa.
Creo que realmente no aguanto esta ciudad. A veces siento angustia y tengo esa presión en el pecho, como cuando vas a llorar, pero nunca lo hago, sólo me ahogo. Debería de volver a mis planes iniciales rumbo a San Francisco. Pero John, realmente no sé que estoy haciendo y desde que deje el hogar me despierto cada noche, sobresaltada y confusa, sin saber donde me encuentro.
Espero no haberte preocupado con mis lamentos infantiles, disculpame pero aquí no hablo con nadie. Volverás a saber pronto de mí. Prometo intentar contarte algo bonito entonces.
Siempre tuya,
Lucy
Qué valiente es Lucy