El corazón es un caldero hirviente. Cada latido es un maremoto de emoción. Sus vibraciones se extienden más allá de lo que se percibe. El aire las propaga hacia al infinito hasta que retornan a mi de nuevo. Y cada vez me pegan con más intensidad, lo inflan más de la cuenta sin dejarlo serenar. El mundo me dice que dé de él, yo miro al Sol y le grito todos mis fueros.
Me señala con el dedo y me llama pervertido, travieso, loco. Por insaciable, dichoso y soñador. Entonces yo frunzo la mirada y lo amenazo con tirarlo como una bola de cristal contra el suelo. Un día me cansé de sus injurias, lo agarré con las manos y lo devoré. Mastiqué todos los cristales hasta imprimir en mi su sangre. Ahora lo llevo dentro y es mi cómplice.
Todas sus hadas revolotean en mi. Son la energía dorada que embalsama mi cuerpo. El reflejo del universo electrocutando mi piel. Enhebrando mis sentidos y tejiéndome nuevas manos. Para hacer y sentir que siento y hago lo que quiero. Y escoger volar con alas o sin ellas, que mi certeza irá más allá de la luz de las piernas de todas las diosas. Entonces mi voz resonará como la calma más deseada después de la tormenta.
El mundo sabrá que no le debo más. Empezaré a escuchar el silencio como se escuchan las arpas. Me abanicaré con las almas más bellas. Beberé del néctar de las flores que me plazca. Aspiraré hondo la fragancia de la libertad más pura. Me meceré en una hamaca entre Venus y Neptuno. Cerca de mi nido de amor, donde repose este unicornio, que no puede sujetar ninguna rienda.
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