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El sapo

Hoy ha sido un día muy completo y bastante bueno para ser lunes: trabajando hasta las 4 (qué se le va a hacer, aún no puedo retirarme) y después al hospital Doce de Octubre a visitar a una amiga que el viernes pasado dio a luz.

La madre está estupenda y la niña es muy rica y muy buena, la han pasado de brazos en brazos y ni se ha inmutado. Es una pequeña marmotilla :D

Y nada más por hoy, os dejo con un cuento Quim Monzó.

EL SAPO


De color azul, el príncipe sólo lleva los pantalones, ajustados, que le marcan las nalgas, unas nalgas pequeñas y duras que hacen que las muchachas y los pederastas se vuelvan a mirarlo y se muerdan el labio inferior. También lleva un jubón de colorines, una capa corta y roja, una gorra ancha, gris y con una pluma verde, y botas de media caña por encima de los pantalones azules y ajustados.
Le gusta pasear a caballo. A menudo monta cuando nace el día, después de haber desayunado, y se pierde por los bosques, que son todos de coníferas, densos y húmedos y con brumas bajas. Muy de vez en cuando, en el centro de una explanada, en la cumbre de una colina o junto a un abeto cien veces más grande que él, el príncipe detiene el caballo, que relincha, y se pone a meditar.
¿Qué medita el príncipe? Medita qué hará en el futuro, cuando herede el reino, cómo gobernará, qué innovaciones introducirá y que mujer elegirá para que se siente a su lado en el trono. El trono de ese reino es de dos plazas, tapizado de terciopelo granate, muy parecido a un sofá o a una chaise longue. No es que le haga falta casarse para heredar el reino. Su abuelo, por ejemplo, lo heredó soltero, y soltero siguió los ocho primeros años de su reinado, hasta que conoció a una princesa digna y equilibrada, la abuela del príncipe. No le hace falta, pues, pero prefiere dejar la cuestión bien resuelta para, desde el momento en que lo coronen rey, poder dedicarse por entero a gobernar el país.
Pero eso de encontrar a una mujer digna y equilibrada pinta muy difícil. El príncipe sale poco. Sus amigos, príncipes como él, salen todas las noches, de taberna en taberna y de fiesta en fiesta, hasta las tantas, a veces sin ocultar la condición principesca y a veces disfrazados de plebeyos. En las fiestas y tabernas se hartan de conocer a princesas y plebeyas. Todos los mediodías, después de levantarse los príncipes se encuentran para tomar el aperitivo, con los ojos enrojecidos escondidos tras las gafas de so y la cabeza como una losa. Comentan con pelos y señales a cuál o cuales se han tirado la noche anterior, y cómo se las han tirado. Siempre llegan a una misma conclusión: princesas o plebeyas, tanto da; son todas unas marranas. Tal concesión al igualitarismo es tan insólita como, por grandes carcajadas, celebrada por todos. Menos por el príncipe de los pantalones azules. El príncipe lamenta, no sólo que comparen frívolamente a princesas con plebeyas, sino que dictaminen que no hay mujer que no sea una marrana.
Por eso nunca sale con los demás príncipes, que para convencerlo le dicen que una noche vaya con ellos. Si accediese comprobarían que las cosas son tal como dicen. Él se niega. No se niega porque no les crea. Se niega porque le da miedo acompañarlos y descubrir que, efectivamente, tiene razón. Y está convencido de que, si no desfallece, encontrará la princesa pura que busca desde la pubertad. En cambio, si llegara a la conclusión de que princesas y plebeyas son todas iguales ya no podría encontrarla nunca.
Nunca ha confesado cómo espera encontrar a su princesa ideal porque sabe que se reirían. La encontrará encantada: en forma de sapo. Está convencido. Precisamente por eso será diferente de todas las demás, porque se habrá mantenido alejada de la banalidad y la degradación de los humanos. Lo ha leído en los cuentos, desde muy pequeño, y aunque ya entonces los otros príncipes (los mismos que ahora se encuentran para tomar el aperitivo) se burlaban de esas historias, él creía en ellas con convicción. Convicción que con el curso de los años ha ido reforzándosele con un hecho curioso y sintomático: nunca ha logrado ver un solo sapo. Desde niño los ha buscado con ardor. Sabe cómo son por las ilustraciones y las fotos de los libros de ciencias naturales, pero nunca ha encontrado ninguno.
Por eso, la mañana que, tras horas de galopar, se detiene a orillas de un río para que el caballo abreve y ve un sapo sobre una roca cubierto de musgo (un sapo brillante, gordo, entre verdoso y morado), echa pie a tierra con el corazón desbocado. Por fin ha encontrado un sapo, cara a cara, en directo. El sapo lo saluda:
-Croac.
Es un bicho aún más asqueroso de lo que se ha imaginado por las ilustraciones y las fotos de los libros. Pero ni por un momento duda de que es a ese bicho al que debe darle un beso. Después de años de búsqueda es el primer sapo que consigue ver, y por eso sabe que no es un sapo y nada más sino una princesa encantada, no echada a perder por la vida mundana.




On September 15 2008 228 Views



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Grandefito On 16/09/2008

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Psmith On 15/09/2008

Se miran a los ojos, se cogen de las manos. Es para siempre, y los dos son conscientes de ello.
-Era como si ese momento no fuera a llegar nunca –dice ella.
-Pues ha llegado.
-Sí.
-Qué bien, ¿no?
-¿Estás contento?
-Sí.¿Y tú?
-Yo también.
El príncipe mira el reloj. ¿Qué más debería decirle? ¿De qué deben hablar? ¿Debe invitarla enseguida a su casa o se lo tomará a mal? En realidad no hay ninguna prisa. Tienen toda la vida por delante.
-En fin...
-Sí.
-Tanto esperar y de repente, plaf, ya está.
-Sí, ya está.
-Qué bien, ¿no?


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Psmith On 15/09/2008

Ata las riendas del caballo al tronco de un chopo y avanza con miedo. Miedo de la decepción que tendrá si, a despecho de su convicción, resulta que el sapo no es sino un sapo. Da un salto y se mete en el agua. Se arrodilla junto a la roca.
-Croac –hace el animal por segunda vez.
El príncipe inclina el cuerpo y adelanta la cara. El sapo está justo frente a él. La papada se le hincha y deshincha sin cesar. Ahora que lo ve tan de cerca siente que lo invade el asco; pero no tarda en reponerse y acerca los labios al morro del anfibio.
-Mua.
En menos de una milésima de segundo, con un ruido ensordecedor, el sapo se convierte en un prisma de cien mil colores, que multiplica infinitamente las caras, hasta que todas las caras y colores se convierten en una muchacha de dorados cabellos. Y una corona encima que demuestra la nobleza de su linaje. Por fin el príncipe ha encontrado a la mujer que siempre ha buscado, esa con la que compartirá el trono y la vida.
-Por fin has llegado –dice ella-. Si supieras cómo he esperado al príncipe que debía librarme del hechizo.
-Lo comprendo. Te he buscado siempre, desde que era niño. Y siempre he sabido que te encontraría.




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