11/20/09
Crecemos con la idea que siempre alguien escuhará nuestras penas, un individuo al cual poder abrazar que dejará de levitar en sus profundos sueños para atender una llamada emitida por ti a altas horas de la madrugada, te llenará el día a base de hechos que a simple vista pueden ser insignificantes, pero que albergan mucho amor e incluso será capaz de presentarse delante de tu rellano un día intenso de lluvia (o diluvio universal) sólo para saciar tus ganas de hablar mientras sostiene una taza. De ésta sale humo esparciéndose por todo el espacio e invadiéndolo de un aroma que recuerda al cacao. Creemos que somos de lo mejor que hay mientras múltiples personas giran a nuestro alrededor (unas vienen otras se van) concluyendo algo así como "son mis amigos, no me van a fallar nunca".
Vas haciendo tu camino y de repente te das cuenta: nada es lo que parece. La cabeza empieza a darte vueltas incapaz de reconocer aquel grupo que supuestamente estaba a tu lado. No puedes hacer nada por evitarlo; una especie de rueda que siempre vuelve a empezar.
[...] Entre tu mundo, tus paranoias, el pensar y discutir algo que por muchas razones que tenga no se puede llevar a cabo pero, sobretodo, el hacer ver que no pasa nada entre nosotros mediante risas y carantoñas me pone de los nervios.
Que cuando digo muerte tú dices deberes.