La carga de drogas y fármacos que el consumo humano arroja a los ríos deja huella. Investigadores de Estados Unidos probaron en 2003 que el Prozac, un fármaco antidepresivo, se acumula en los peces y otros organismos acuáticos. Tras constatarlo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) lleva a cabo un estudio sobre la incidencia de este tipo de productos en el ecosistema fluvial.
"El Prozac actúa como otros contaminantes y se asienta en los lípidos de algunas especies", destaca el investigador Damià Barceló, responsable del proyecto. Ello significa que los residuos del Prozac podrían pasar a la cadena alimentaria y acabar incorporándose por esa vía al organismo humano, algo que también se ha detectado en un fármaco antiepiléptico, la carbamazetina (Tregretol).
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