11/24/06
El rumor del Moldava se escucha a lo lejos.
Cielo encapotado y dulce llovizna, que refresca la cara sin llegar a mojar. El caminante sortea los charcos que se forman en las calles del antiguo barrio judío, el Josefov, siguiendo las calles que transcurren paralelas al río, en dirección al Puente de Carlos. Sus pasos resuenan el pavimento y la cuidad parece dormida, a pesar de ser tan sólo las cinco de la tarde.
Al llegar al puente, encuentra a algún que otro comerciante y un músico que toca frotando el filo de muchas copas de agua, consiguiendo un sonido casi celestial. Nuestro viajero no les presta ni la más mínima atención, es más, cuando uno de los vendedores se le acerca para enseñarle una baratija, acelera el paso al tiempo que niega con la cabeza. Se estremece y se arrebuja aún más dentro del abrigo marrón, pareciera como si el hecho de cruzar el río le asfixiara.
Respira una vez llegado al final de lo que le ha debido parecer una dura travesía y comienza el ascenso por una de las interminables escalinatas que llevan al castillo, rodeado de tejados color naranja, que contrastan con el cielo gris. El camino es largo pero no se detiene y tampoco observa lo que hay a su alrededor, parece sumido en sus pensamientos.
Llega hasta una estrecha callejuela, donde las viviendas se apelotonan y podrías jurar que no cabe una más, y se detiene frente al número 22, una casa pintada de color azul claro. Abre la puerta y antes de entrar se percata de que hay una carta en su buzón. La coje con manos tembolorosas, no se sabe si de frío o de otra cosa, y le da la vuelta lentamente, para mirar le remitente. Al leerlo le da un vuelco el corazón.
Se precipita dentro de la diminuta casa, dando un portazo. Busca desesperadamente un abrecartas y al no encontrarlo coje el cuchillo con el que habitualmente come, pero debido a las prisas, se corta un dedo intentando rasgar el sobre. No le importa demasiado y saca el pedazo de papel del interior apresuradamente, dejando huellas de sangre en la mesa, en el sobre y en la carta. La nota es breve, pero concisa:
"Querido Franz:
He intentado convencerme de que es posible, pero cada vez lo veo más díficil. Mi familia se niega a que me marche a Praga, la única esperanza que nos queda es que vengas tú aquí pero sé que no puedes prometerme nada. Por eso es mejor que cada uno siga con su vida, aunque creo que nunca podré olvidarte.
Siempre tuya, Felice."
El hombre, extremadamente pálido ahora, se sienta lentamente en su silla y mira fijamente al infinito, notando como muere una parte de su ser, mientras de su mano continúan cayendo gotas de sangre.
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Ya sé que es triste como todo lo que escribo, pero que le voy a hacer. No encuentro sentido a los finales felices en relatos cortos. Espero que os guste, que esta la he escrito especialmente para el fotolog, a pesar de que debería estar estudiando.
En cuanto al relato, los lugares que nombro existen de verdad y el hombre se supone que es Kafka. Felice Bauer fue una amante suya, pero al parecer no salió bien la cosa, no sé si por lo que yo digo (ella vivía en Alemania) o por otras razones, realmente me he tomado licencia poética para imaginar la historia según me ha parecido.
La foto la hice yo, cuando estuve en Praga. Me enamoré de sus tejados naranjas y de "maléfica" que es como llamamos mi padre y yo al edificio con dos torres que está más o menos en el centro de la imagen. El Puente de Carlos es el que se ve lleno de gente.
Saludos "desde Praga", a ver cuantos sois capaces de llegar al final de este auténtico tocho.
Aghh que rabia que mal se ve la foto ahora!