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Hay recuerdos demasiado preciosos como para olvidarlos. Y ahora no me estoy refiriendo a la primera vez que fui a un ciber y entré en el IRC-Hispano, ni cuando pusimos Internet en casa, ni cuando empecé a usar Firefox… tan siquiera estoy hablando de las broncas de mi madre cuando me pillaba conectada a eso de las 5 de la mañana. Ni del día que madrugué para coger el bus de las 7 y estar en Santiago a las 9 dispuesta a matricularme en Periodismo, recuerdo agridulce ahora que estoy a 5 semanas de acabar la carrera (sin contar el examen de septiembre…). Sentada en el parque de los patos, congratulándome con mis papeles de matrícula ya formalizada, una gaviota cagó encima de ellos; y luego por la tarde conocí en persona a Vagret y a Nenya, descubrí la pegatina de “Soy un ñu” en la facultad de Biología y nos tomamos algo en el Caffelate de la Rúa Nova, ese que hace ya tiempo que cerró. Ni hablo de las noches de biblioteca de Empresariales, con demasiados cafés encima, con Figurín, Peque, Popeye y Olivia y, como no, Tino el Chino.
Anteayer no podía dormir y me acordé de un libro rosáceo de título en violeta que un buen día de hace 7 años empecé a leer. El recuerdo no se irá de mi mente, por la profunda felicidad que me proporcionó aquella primera lectura, por el descubrimiento de un mundo nuevo con el que alimentar mis fantasías, por 4 años de socia con nombre hobbítico, por 4 años en los que mi vida giró casi únicamente en torno a él… porque gracias a él conocí a personas que fueron o aún son de tremenda importancia en mi vida.
Lo recuerdo perfectamente, el libro rosáceo de título en violeta que me llamaba desde aquella estantería de casa de mi madrina. Una noche, antes de irme, se lo pedí prestado y empecé a ojearlo, sin entender muy bien de qué iba. Esa misma noche, en medio de mis sueños, la menstruación vino a visitarme de la forma habitual –muy dolorosa (no sé si sólo yo estoy convencida de que la regla estará conmigo en todos los momentos estelares de mi vida… menos mal que no creo en el matrimonio) y tuve que arrastrarme hasta la habitación de mi tía en busca de cuidados y de un modo más ameno de pasar por el trance. Poco a poco el dolor pasó y me quedé dormida, y cuando desperté eran las 10 u 11 de la mañana, y lo primero que vi al abrir los ojos fueron los reflejos de un pálido sol de diciembre saludándome desde el espejo del armario. Mi tía me preguntó si quería algo para desayunar. “Leche… y tráeme un libro rosa muy gordo que tengo encima de la mesita de mi habitación”.
Y así empezó la historia.
pervinca said on 5/12/08 3:34 PM …
Sólo hay una banda sonora para esta entrada:
http://www.youtube.com/watch?v=0tur8HeG1XU
http://www.youtube.com/watch?v=oVE9hZxM9tc
Y ya tengo todo el atuendo para el acto de licenciatura ese que dicen que tenemos el 31... voy a ir hecha un repollo... (insértense aquí vómitos)