El placer de dar

Yo tenía una botella de whisky güeno. Un Johny Walker Black Label de 12 años. Me la regaló un amigo la semana pasada. Todavía estaba metida en una bolsa precintada del aeropuerto de Dubai, o de Kuala Lumpur, o de Singapur, uno de ellos. Conseguir esa botella en Bangladesh es difícil y caro. La tenía encima del frigorífico, con bolsa transparente y todo, junto a las demás bebidas.
Hace dos semanas fuimos a un pueblito muy lejos de la capital, en medio de la selva y las lagunas, a visitar a un cura amigo nuestro. Por educación, por tradición y por mi experiencia vital no soporto a los curas. Ni los soporto ni I don’t support them, que no es lo mismo pero es igual. Pertenecen a un club demasiado corrupto, demasiado multimillonario, demasiado incoherente e hipócrita como para que yo pueda relacionarme con ellos. Sin embargo una cosa es el grupo y otra los individuos. Y a este individuo, cura, amigo, no sólo lo soporto, sino que lo adoro. Vive rodeado de árboles y de estanques, luchando contra el imposible de salvar a unas cuantas gentes de un país insalvable. Por las tardes charlábamos sentados en el corredor frente a nuestras habitaciones. Mientras, tomábamos whisky con hielo, en la roca dice él, y comíamos pipas. El corredor tiene una reja a todo lo largo, desde el suelo hasta el techo, con rizos y formas hinduistas y, a través de ella, se ve toda la misión, la oficinita, el refectorio, la pequeña clínica que llevan las monjas, el edificio con la escuela y los dormitorios de los niños internos.
Él nos cuenta cómo hace para salvarles, como lucha desigualmente con los imposibles. Dios siempre está en su conversación, gracias a Dios, que Dios te bendiga, ¡felicidades! Es la única persona que conozco que, al despedirse por teléfono, dice felicidades, desea felicidades. Un caso aparte. Y sé, por el tiempo que hace que lo conozco, por lo que he visto y sigo viendo, que es un hombre volcado hacia fuera, su humanidad carece de secretos, de conspiraciones. Lo que se ve es lo que hay.
El jueves vino a Dhaka y teníamos que vernos, porque nos habíamos traído una llave por despiste y porque la G. había estado buceando en la oficina, entre los cientos de muestras de la temporada pasada que ya no sirven para nada, seleccionando ropa para sus niños. Quedamos y al final nos vimos donde no tenía que ser, porque él, para ratificar el mito de que un hombre de Dios no necesita un móvil, decidió irse de donde habíamos quedado sin avisarme. Pero como nuestros caminos están ya tejidos no quedaba más remedio que nos encontrásemos por casualidad. Le di la ropa, los abrazos, feliz Navidad, próspero año nuevo porque no nos veremos, adios, adios. Al rato nos estábamos llamando porque se nos había olvidado la llave. ¿Quedamos?, vale quedamos, ¿dónde?, al lado del Parlamento. Paco, ¿me haces un favor más?, por supuesto, no ha problema, ¿qué quieres? ¿Puedes conseguirme una botella de whisky para celebrar la Navidad?

Y ahí entra en juego mi botella de Johny Walker Black Label de 12 años. Obviamente se la tenía que dar, porque ¿cómo no voy a darle algo a alguien que lo está dando todo? Me dolió deshacerme de la botella, pero qué placer pertenecer al mundo de mi amigo el cura, en el que dar es un acto tan cotidiano, tan agradecido, como recibir.


On December 06 2010 Edit






pacoperez

male - 12/02
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Gulshan, Dhaka, Bangladesh




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