11/7/09
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Esa noche, Juan Cruz le hizo el amor una y otra vez. Lo hizo como nunca antes en su vida; él mismo estaba desconcertado. Se dio cuenta de que la había deseado terriblemente y que la había extrañado más aún.
Por momentos, Fiona sentía que debía detenerlo, detenerse. Pero no podía; aquello la dominaba como una potente fuerza externa, la doblegaba como una amapola frente al viento. Era imposible luchar contra él. Y los gemidos escapaban de su gargan¬ta cada vez que Juan Cruz le acariciaba el vientre, cada vez que le rozaba los pezones endurecidos con su lengua húmeda y anhe¬lante, cada vez que susurraba "Fiona... Dios mío... Fiona...".
Cuando por fin terminaron, se tendió al lado de ella y, soste¬niéndose la cabeza con la mano, permaneció largos minutos ob¬servándola dormir. Parecía tranquila; su respiración era acompasada y apenas si se escuchaba. Su nariz era tan pequeñita. Deseó rozar¬la con el dedo, pero temió despertarla. Su cabello flamígero se esparcía alrededor, sobre la almohada. Ese marco perfecto, pensó, resaltaba aún más la blancura de su piel.
Recostó la cabeza; el cansancio comenzaba a vencerlo.
—Fiona... hermosa Fiona —susurró antes de quedarse profundamente dormido.