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notasvisuales's photo from 10/19/09
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10/19/09
Breve visita al camposanto para dejar flores y visitar la tumba de mi madre, antes de que se eche encima la festividad de todos los santos, esa en la que el lugar donde se hallan las ultimas moradas de los que un día albergaron vida, se convierten en una romería que me desagrada e inquieta.

Hace ya cuatro años que me dejó y hoy ha sido la primera vez que la visita no me ha producido un nudo en la boca del estómago, al contrario hoy he sentido paz, una extraña sensación de capitulo amargo terminado, algo parecido al acto de cerrar un libro de cuentas para siempre, nuestro libro en común.

He rememorado detalles de toda una vida compartidos, el triste final y la ausencia y el vacío insoportable de los primeros meses.

Tomo asiento un rato, de espaldas a los nichos, observo la frenética actividad del puerto. Es como una película de cine mudo, el ensordecedor ruido de esa zona de la ciudad no alcanza a llegar hasta aquí, donde el silencio es absoluto, solo matizado por el canto de algún pájaro.

Si me concentro puedo sentir el latido de mi corazón acompasado, lento, bombeando vida, intentando luchar contra corriente, manteniéndome viva para que pueda pensar, sentir, luchar, amar.

Pienso en las vidas que quedan detrás, dentro de los cubículos, en los nichos, restos de los naufragios de lo que un día fueron personas y que ahora son solo recuerdos o ni tan siquiera eso, quizás solo son un número y un puñado de letras esculpidas en una lápida y a su lado como colofón a la naturaleza muerta que les habita, unos ramilletes de flores ajadas que son testigos certeros de lo efímero de nuestro paso por la vida.

Nada hay tan seguro como la muerte, a lo largo de la existencia es una constante y traicionera acompañante. Sombra preparada para saltar en cualquier momento, siempre dispuesta para arrebatarnos el bien más preciado.

La vida está compuesta de pequeños y grandes adioses, constantes y diarios. Existe el adiós cotidiano, que es tan solo un formalismo, pero que dramáticamente a veces se convierte en el último adiós.

Después están esos adioses que se dispensan sin pronunciarlos, los que quedan ahogados en la garganta, a los que negamos la voz y el verbo decir. Esos adioses se quedan ahí, escondidos en un rincón de la memoria, con el cartel de “pendiente” o “en espera”.

Decir adiós a veces es fácil, es una liberación, romper cadenas, borrar rastros, volar libre, sin embargo en otras ocasiones, decir adiós en doloroso, porque es lo último que desearías decir o simplemente porque decir adiós representa asumir que has fracasado en algún aspecto, en algún proyecto de vida.

Nuestros días son cabos de una cuerda minuciosamente trenzada por el destino.
Pronuncias un adiós y mueres un poco con el, a la vez que renaces en espera de otro. Es un goteo incesante de pequeñas renuncias, minúsculas necrosis que se acumulan en toda la esencia de lo que somos, fuimos y seremos.

Así va pasando la vida, en espera del último adiós, el definitivo.

Cuando me llegue el momento de partir, quisiera marchar inesperadamente. Odio las despedidas, odio las largas despedidas, preferiría marcharme en silencio.

Un gato rubio con grandes ojos verdes, se acerca sigilosamente me sigue desde que entré aquí y hace rato que me observa en silencio, se atreve con recelo a acariciarme la pierna. Nos miramos un rato a los ojos y después se tiende a mis pies, poco a poco parece que se queda dormido, al arrullo del sol.

Alargo mi mano con suavidad y de repente, antes de que pueda tocarlo se pone de pie y de un salto toma asiento junto a mi, se queda quieto mirando también hacia el puerto, hacia el mar, el viento ondula la superficie del agua con minúsculas crestas, como pequeñas montañas fugaces y azules.

En ese momento estamos solos, compartiendo un instante que es único, extraordinario y que nunca más se volverá a repetir.

Nos quedamos quietos un buen rato, quien sabe lo que pensará él, yo pienso en mi vida y su dilatada sucesión de adioses y no puedo evitar que una lágrima resbale por mi mejilla y caiga en la palma de mi mano. Brilla como un diamante, es un pequeño arco iris que mi accidental acompañante y yo observamos con sorpresa.

La vida también está compuesta por miles de millares de esos insignificantes detalles a los que no damos importancia.

El tiempo corre deprisa, muy deprisa, dejando la vida tras de si.

Me alejo caminando despacio y antes de tomar otro sendero miro hacia atrás, el gato sigue allí, quieto, su perfil se recorta y destaca sobre el lúgubre fondo de la manifestación de la muerte, de repente, salta y desaparece de mi vista.

Como un espejismo, igual que la vida.


Imagen: Adorno floral en el Puerto Olímpico
Barcelona Octubre 2009

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