Rocafort.
7/8/09
Sentada relajadamente sobre el sofá, empezó a sentir esa característica corriente de aire fresco y húmedo que solía traer consigo la noche de verano, y que, cada año, conseguía alejarla de toda preocupación, impregnándola, paradójicamente, de una calidez agradable.
Sin embargo, en ese mismo momento, sentada sobre el mismo sofá en el que años atrás se había sentido niña, se dio cuenta de que la soledad que la rodeaba tardaba en alejarse, y eso hizo que ese momento, que tan mágico había sido en otras ocasiones, creara un incómodo nudo en su garganta.
El viento agitaba su cabello, y con él, agitaba los también los recuerdos... quizá fuese la cantidad de momentos vividos en esa casa lo que la había hecho paralizarse al volver después de tanto tiempo, y quizá fuera ella misma la que no permitía que ese sentimiento frío se alejase.
Cerró los ojos, tratando de percibir el olor húmedo que se desprendía del césped del jardín, o el sonido de los grillos en la noche, de los coches, a lo lejos, en la carretera... incluso de algún gato deleitando a la luna con sus maullidos. Rozó con su mano la tela del sofá, los cojines, incluso alcanzó con ella a rozar la fría pared... Se levanto, y, a tientas, fue explorando cada rincón de la casa. El olor de abrigo de piel y a betún que invadía los armarios, el tacto rugoso de las paredes, y el suave de las frías sábanas. El sonido de sus pisadas por el pasillo, que resonaban con cierto eco... todo ello le traía grandes bocanadas de recuerdos que, no sin cierta tristeza, recibía gustosamente.
Fue más tarde cuando, sentada de nuevo en el sofá, no pudo determinar el tiempo que había pasado a ciegas, explorando cada rincón de la casa. Tampoco nunca llegó a entender como, en el momento en el que abrió los ojos, la casa apareció ante ella como años atrás la había visto. Y cómo ahora sigue sentada en ese sofá, con la mirada perdida, agradeciéndose a si misma de mantener encendida, si no la llama, al menos la chispa del recuerdo.