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Apolo y Dafne, de John William Waterhouse

El primer amor de Apolo fue Dafne, hija del Peneo, y no nació de la ciega casualidad, sino de la impetuosa ira de Cupido. El dios de Delos, lleno de soberbia por su reciente victoria sobre una serpiente pitón, había visto a Cupido doblar su arco para tensar la cuerda, y le había dicho: “¿Qué haces tú, pequeño insolente, manejando armas tan poderosas? Ésas son armas para que yo las lleve en mis hombros, yo que soy capaz de herir con un tiro certero a las bestias salvajes y a los enemigos, y que hace poco abatí con una lluvia de saetas al hinchado Pitón, que tanta tierra oprimía con su vientre pestilente. Tú confórmate con encender pequeños amores con tu antorcha, y no trates de adjudicarte mis triunfos”

A lo que el hijo de Venus le respondió: “Puede que tu arco atraviese todas las cosas, oh Apolo, pero el mío te atravesará a ti; y en la misma medida en que los animales son inferiores a los dioses, tu gloria será inferior a la mía.”

Así dijo, y surcaño el aire con un batir de las alas se posó, resuelto, en la umbrosa cumbre del Parnaso, y extrajo de su carcaj dos flechas de efecto contrario: una que pone en fuga al amor, y otra que lo hace nacer. La que crea el amor está hecha de oro y su punta reluce afilada, mientras que la que lo ahuyenta está despuntada y lleva plomo tras el asta. Con ésta fue con la que atravesó el dios a la ninfa peneide, mientras que con la otra hirió a Apolo atravesándole los huesos hasta la médula.

Al punto se enamora él y rehúye ella el nombre del amor, y deleitándose con la oscuridad de los bosques y con los despojos de los animales que captura, emula a la casta Diana; una sencilla venda recoge su cabello despeinado. Muchos buscan su amor; pero ella, insensible, rechaza a sus pretendientes, sin conocer marido recorre los lugares más inaccesibles del bosque, y no le preocupa saber qué son las nupcias, qué es el amor o qué el matrimonio. Muchas veces le dice su padre: “Hija, me debes un yerno”; muchas veces le repite “Hija, me debes nietos”. Aborreciendo el matrimonio como si fuera un crimen, su bello rostro se ruboriza avergonzado, y rodeando el cuello de su padre con sus tiernos brazos le dice: “Permíteme gozar, padre queridísimo, de una perpetua virginidad. Así se lo concedió Júpiter a Diana”.

El la complacería sin duda: pero es tu misma belleza la que te impide obtener lo que anhelas, y tu aspecto se opone a tu deseo.

Apolo está enamorado, y al ver a Dafne desea unirse a ella, y puesto que lo desea lo espera, y le fallan sus propias predicciones. Como arde el frágil rastrojo una vez recogidas las espigas, como se queman muchas veces las mieses cuando algún viajero les acerca demasiado su antorcha o la arroja al despuntar el día, así el dios se consume en las llamas, así se abrasa todo su pecho, y nutre la esperanza de un amor vano. Observa los cabellos que caen sobre el cuello y piensa: “¡Imagínate, si se los peinara!”; ve sus ojos como estrellas que brillan como el fuego, ve sus labios, y no le basta con verlos; alaba sus dedos, sus manos, sus antebrazos y sus brazos, desnudos casi por entero; lo que queda oculto, lo imagina aún mejor.

Ella escapa, más veloz que la leve brisa, y no se detiene ni aún cuando él la llama con estas palabras: “¡Te lo ruego, ninfa, detente, hija de Peneo! No te persigo como enemigo: ¡detente ninfa! Así huyen los corderos del lobo, los ciervos del león, y las palomas el águila sobre alas temblorosas: cada uno huye de su enemigo. ¡Pero es el amor lo que a mí me hace seguirte! ¡Desdichado de mi! Temo que te caigas y que las zarzas arañen tus miembros, indignos de tales heridas, y que yo sea la causa de tu dolor. Son muy abruptos los lugares por los que tanto te apresuras: te ruego que no corras tan deprisa y que detengas tu fuga. Yo mismo te seguiré más despacio. Sin embargo, párate a pensar en quién es el que te desea: yo no soy un montaraz ni un rudo pastor que en estos lugares cuide su ganado y sus rebaños. ¡No sabes, imprudente, no sabes de quién huyes, y por eso precisamente huyes! La región de Delfos, Claros, Ténedos, y el reino de Pátara me honran como a su señor; Júpiter es mi padre. Yo revelo lo que ha sido, es y será; yo hago armonizar los versos y la música. Mis flechas son certeras, sin duda, pero una más certera que las mías me ha herido en el pecho, antes insensible. La medicina es un invento mío, en todo el muno me llaman sanador, y conozco el poder de las hierbas: y, sin embargo, ¡ay de mí!, no hay hierbas que puedan curar el amor, y las artes que a todos benefician no benefician a su amo”

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^·.·Rakel·.·^




On May 15 2011 226 Views




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