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Entró apresuradamente al comedor y saludó, en su estilo atarantado, a cada uno de los presentes. No se cuestionó nada, simplemente, comió y bebió todo cuanto pudo. Casi ni conversó con la hermosa mujer del vestido rojo que lo miraba de reojo cada vez que él llevaba la copa de vino a su boca. Cuando acabáronse los alimentos, me ofrecí para hacer las labores domésticas correspondientes. Mas, la esbelta dueña de casa, me declaró que para eso ella tenía servidumbre. Antonia, la sirvienta, ingresó apenas escuchó la palabra servidumbre y sin mirar a nadie retiró, platos y cubiertos de la amplia mesa. Roberto, el gordo que llegó atrasado comentó: -Estas son las ventajas de nuestra organización social: la comodidad y el lujo. A lo largo de mi vida, había desarrollado una gran capacidad de pasar por alto algunas cosas, sentía a mis 35 años que ya no era necesario decir todo lo que uno piensa. Prefería hablar con mis acciones. Antonia entró a retirar lo último que quedaba sobre la mesa, cruzamos miradas de desilusión y fue exatamente lo que me ilusionó. -¡Apúrate Antonia!- gritó con fuerza la dueña de casa (cuyo nombre no escribiré por el respeto al romance que tuvimos en nuestra juventud). Sentí nauseas al pensar en lo radiante de su alma de joven y el contraste que eso producía con su actual capacidad de creerse la dueña del universo. Quizas siempre sintió eso con respecto al universo, pero antes compartiamos la visión de un universo más justo, más amable.
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