8/24/08
El viaje deja una marca de media luna en su brazo, de la que no quiere librarse. Los besos, el sudor, el mar y el cielo encrespados, las olas y la arena, las medias, las bragas negras y el color de la espalda o los muslos desnudos se resumen y reúnen en el pequeño trozo de carne quemada en el único restaurante abierto a las 5 de la tarde en la pequeña ciudad del norte. Eso son los amantes: comer a deshora, por vivir al día. A pesar de que en las fotografías en que se besan no consiga ver más que el pequeño grano que apareció en el borde de su labio superior, blanca y puntual disonancia en una voluntariosa imagen del amor, ahí está su antebrazo, recordándole que lo vivió, y volverá a vivirlo, condenado a una felicidad que no dejará de volver si bien, se teme, siempre y cuando el cuerpo siga recordando, con esa figura curva, con forma de media luna, en esa parte del brazo que solo a él corresponde ver. Acaso haya que arrancar el trozo de piel y dejar así grabada para siempre la marca, la experiencia, la felicidad, para que no dejen de recomenzar, por muchas familias y exámenes que aparezcan en medio. Acaso haya que sangrar, piensa él, aún incapaz de vivir sin el tormento de la lejanía y la muerte, sin el olor del fracaso, la frustración, el delirio que revienta las vísceras y hace sangrar a los sentidos. Sin ver la llaga que se abre en el reverso de la visible, primer suspiro de una aún naciente asfixia.
joe macho, escribes que quita el hipo...
muuuuuuuuuuuak!