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7/31/08
Felación. La luz arranca al rostro de la oscuridad en que yace y le sorprende en un gesto desarmado. Una cámara fotográfica en un acto sexual es como una farola en la noche, una luz benévola y bienintencionada pero igualmente inoportuna, y que de todos modos no ayuda a ver el camino. Azarosamente, el flash puede producir- y, en este caso, produce- una imagen que sintetiza bien el sudor, los cuerpos que se tensan, relajan y contraen, precisamente con una luz que lo inunda todo, borra el peso de la carne, borra el rastro del sudor en la piel, de la saliva que lucha, con su humedad, contra la seca erección. Epifanía de la materia sexualizada. Cuerpo encendido en un gesto impremeditado, carne congelada en el resplandor de una efímera tecnología. Es ella. Sorprendida y suspendida en un instante exclusivo, solo para elegidos, edición limitada.

Más tarde, el culo es una llamarada blanca donde el ano destaca como una mancha solar y unos escasos pelos devuelven a la imagen a la tierra recordando la materialidad de su objeto, como un ateo cansino que no deja de interrumpir la misa con inoportunos chistes sobre prostíbulos de pueblo. No obstante, la penetración es ya suficientemente contundente, a pesar del preservativo. El pene que se pierde más allá de la mirada en los interiores del cuerpo ajeno es un extranjero perdido en tierra extraña, fotografiar una penetración es registrar un acontecimiento perturbador, misterioso, una enigmática relación de objetos, más sorprendente aun por cuanto estos no dejan de encajar a la perfección. La vagina, rodeada por la luz, identificable en medio del resplandor como tal exclusivamente por la cercanía del ano y unas escasas líneas que se dibujan a su alrededor, se ve penetrada por un pene que escapa al resplandor del flash, si bien se ve afectado por la sequedad que caracteriza la acción de este. Lo paradójico de las imágenes pornográficas es: no hay placer en ellas. Al menos, no en los planos detalle, y desde luego no en los inmóviles. Pero recuerda el placer al tomar esta imagen, el momento, el pensamiento, el sudor. Pero no hay placer en la imagen. Hay en su lugar un enigma que puede ser frío, cálido, lo que quiera. Si el amor, como dice Jobim en “Desafinado”, es una melodía que nunca acaba, el sexo es un ritmo que si bien tampoco finaliza nunca, se encuentra al tiempo siempre en el borde de su final, a punto de parar, de estallar, de hundirse en el silencio de su acabamiento. En el sexo ningún cuerpo se afirma, si no fuese por los orgasmos y las eyaculaciones se continuaría hasta que la carne entrase en ebullición y se cociese en su propia salsa, los cuerpos se disolverían en un placer que no distinguiría final. No hay nada más oscuro que una penetración, piensa mirando la siguiente fotografía, ya sin flash, el cuerpo sin nada que lo obligue ya a detenerse en su frenesí, la carne difuminada como por el dedo fantasmal de un adolescente que acabara un dibujo artístico que sin duda no será bien recibido por la profesora, la penetración perdida en una esquina oscura donde nada es discernible.

Aprieta el botón y en la sucia pantalla del ordenador aparece una gran mancha oscura, posiblemente una fotografía lanzada por accidente en un movimiento brusco dictado por la despreocupada lógica del acto sexual. Imposible identificar nada, solo el movimiento congelado en una imagen que consecuentemente no muestra nada pero parece introducirse mejor en el color de aquella tarde y aquellos días. El viento y el mar agitado, la resaca que empuja hacia las profundidades, los pies desnudos entre las rocas en la madrugada, mientras la espera bajo el puente. Todo ello, en otro tiempo, otros cuerpos, otra ciudad, tan ajenos ahora como esa imagen inaprehensible, impenetrable y, de hecho, imposible. Arena de otoño.

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