7/11/08
Santander. La filmoteca ha vuelto a abrir. Paseos nocturnos tras el pase de “I know where I´m going”, o a las 4 de la madrugada, un día antes (el de mi llegada), tras salir de la casa de Paulino Viota (“El entierro del Sol”, de Nagisa Oshima, horriblemente subtitulada por los miserables de Filmax). La noche aquí no es como en Madrid, me parece. Es más silenciosa, empuja a caminar lento, a escuchar, a contemplar los edificios como si fuesen ellos los que se desplazan, y no nosotros, al caminar. Cuando hay pocos coches, o pocas personas, se tiene la sensación, usualmente inédita, de que van a algún sitio, que tienen una dirección desconocida. Y un poco de nosotros se va con ese enigma, se disuelve en el rastro de humo que expele el tubo de escape. Tal vez, porque esa sensación no deja de estar presente en mí durante el día, podría decir que mi mirada está en gran medida invadida por la noche. O decir que la mirada nocturna se deriva en mí de la pornográfica, donde en la imagen, por ejemplo, de un detalle de la piel siempre anida la certeza de la penetrabilidad, un más allá, un otro lugar colindante con este, accesible desde él, a la vez que una irredimible impenetrabilidad: imposible llegar, como pareciera hacer Bowman, al final de ese camino, que a saber además cuál es. O donde uno anda salido perdido y cualquier sitio le parece mejor que el suyo, porque en él no hay sexo y en los otros, al menos, hay la posibilidad (en el porno, certeza). Lo que sea. Es verano y me da igual decir chorradas, acabar mal las cosas, decir inconveniencias, no tener visión de futuro. El verano es “no future”: esa es su gloria, esa su tragedia. En este caprichoso punto cualquiera me quedo, porque quiero y puedo. Hale.