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Santa Clara de Asis

La vida de oración de santa Clara
según su "biografía oficial"

1. El autor anónimo de la Vida o Leyenda de santa Clara titula el capítulo dedicado a nuestro tema: Del ejercicio de la santa oración. En él subraya, entre otras características, que era una oración incesante. Destacando la indisoluble vinculación existente entre la austeridad penitencial y el florecimiento de la oración contemplativa de Clara, escribe: «Así, muerta anticipadamente a la carne y del todo ajena a la vida del mundo, ocupaba su alma de continuo en santas oraciones y divinas alabanzas» (LCl 19).2

El biógrafo da por supuesto que santa Clara participó en el rezo común del oficio divino hasta el año 1224 ó 1225, es decir, hasta el momento en que enfermó tan gravemente que se vio obligada a guardar cama. El oficio divino marcaba el ritmo de la jornada conventual, que empezaba con el rezo de maitines, a medianoche, y concluía con el rezo de completas, antes del descanso nocturno. Pero Clara no se daba por satisfecha con el mero cumplimiento de la obligación del rezo coral, sino que, como resalta expresamente el biógrafo, «después de completas, oraba largo rato con las hermanas, y en tanto que en ella se desataban lluvias de lágrimas, las excitaba también en las demás. Y una vez retiradas éstas a reponer sus cansados miembros sobre duras camas, ella permanecía en oración, despierta e infatigable, para recoger entonces furtivamente la vena del divino susurro (Jb 4,12), mientras el sueño se había apoderado de las otras» (LCl 19).

Estas prolongadas velas nocturnas, que reducían al mínimo el tiempo dedicado al sueño, la condujeron al gozoso encuentro con el esposo celestial, como indica la Vida con tanta concisión como belleza: «Había clavado en la Luz eterna el ardentísimo dardo de su ansia íntima y, transcendiendo la esfera de las realidades materiales, abría más plenamente el seno de su alma al torrente de la gracia» (LCl 19). Durante aquellos prolongados espacios de tiempo, transidos de anhelante espera, Clara estaba preparada para dejarse colmar, como un cáliz, del amor divino.

Sor Pacífica de Guelfuccio, «que conoció a santa Clara cuando estaba en el siglo en casa de su padre», «vecina suya y algo pariente», «que había entrado en religión junto con ella» (Proc 1,1-3), describe brevemente ese mismo hecho en una de sus respuestas al interrogatorio durante el proceso de canonización: «Esta testigo dijo también que la bienaventurada madre velaba tanto durante la noche en oración, y hacía tantas abstinencias, que las hermanas se dolían y se lamentaban; y dijo que ella misma había llorado alguna vez por este motivo» (Proc 1,7). Obsérvese cómo a las hermanas, aun estando acostumbradas a una vida muy austera, les inquietaba seriamente la posibilidad de que el esfuerzo y el tiempo que Clara dedicaba a la oración, acaparándole gran parte del día y de la noche, pudiera llegar a dañar su salud.

2. Hallándonos tan lejos de los sublimes caminos que santa Clara recorría junto con san Francisco y siguiendo sus consignas, nos resulta difícil comprender algunos rasgos de su oración. En primer lugar, llama la atención su don de lágrimas. Se trata de un llanto de contrición por los pecados propios y ajenos; de un llanto de compasión por los sufrimientos de Cristo, pendiente en la cruz, cuya pasión se prolonga en los miembros de su cuerpo místico; y, en tercer lugar, de un llanto fruto de la profunda emoción producida por las indescriptibles experiencias místicas que Dios le concede.

Todos conocemos el efecto liberador y relajante de las lágrimas en ciertos momentos como, por ejemplo, la muerte de un ser querido. Es raro que un hombre llore por un motivo religioso. Santa Clara fue, como todos reconocen, una mujer de temple fuera de lo común; así lo demuestra, por citar un solo hecho, la valentía con que se opuso abiertamente al ofrecimiento del papa Gregorio IX, que quería dotar al convento de San Damián con tierras y rentas fijas. Pues bien, no obstante esta entereza y energía, Clara goza del carisma del don de lágrimas místicas en proporciones impensables para nosotros. El biógrafo lo indica con unas rápidas y expresivas pinceladas: «Muchísimas veces, postrada rostro en tierra en oración, riega el suelo con lágrimas y lo acaricia con besos: diríase que tenía siempre a Jesús entre las manos, llorando a sus pies, besándoselos» (LCl 19).

El biógrafo reproduce con fidelidad histórica la razón fundamental del llanto nocturno de Clara y señala, a la vez, que sus ojos, enrojecidos por las lágrimas, estaban fijos en Cristo crucificado. Además, relata que, durante sus largas velas en oración y llanto, la Santa tuvo que sufrir muchas veces las tentaciones de Satanás. En una de aquellas tentaciones nocturnas -escribe el biógrafo- el diablo, aprovechando la convicción medieval, actualmente superada por la ciencia médica, de que el llanto produce ceguera, le dijo a la Santa que no llorara tanto, si no quería quedarse ciega; Clara ahuyentó al tenta




On September 29 2009 3 Views



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Natiagnusdei On 29/09/2009

Es sintomático, por ejemplo, que el autor mencione el convite preparado por el Señor, la dulzura y dulcedumbre de la bondad divina, la alegría mística, el rostro ardiente en el que se reflejaba la luz de Dios. Y debe advertirse, así mismo, el fuego interior de la sabiduría divina que la Santa recibía en el altar, de tal manera que, cuando regresaba de su íntimo contacto con Cristo, sus palabras encendían los corazones de las hermanas.

www.franciscanos.org/stacla/schmucki.htm


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Natiagnusdei On 29/09/2009

Clara ahuyentó al tentador con una respuesta lapidaria: «Quien ve a Dios no quedará ciego» (LCl 19).

3. Tan intenso contacto con Dios tenía que producir necesariamente una serie de efectos, perceptibles por cualquier observador externo. La Vida lo atestigua fehacientemente: «Hay abundantes pruebas de la mucha fuerza que sacaba del horno de su fervorosa oración, de la gran dulzura con que la regalaba en ella la bondad divina. Cuando, por ejemplo, retornaba con júbilo de la santa oración, traía del fuego del altar del Señor palabras ardientes que encendían también los corazones de las hermanas. Advertían con admiración que de su rostro emanaba una cierta dulzura y el semblante aparecía más radiante que de ordinario. Ciertamente Dios había dispuesto para su pobrecilla un convite de su dulcedumbre (cf. Sal 97,1), y transparentaba al exterior, a través de los sentidos, el alma colmada en la oración por la luz verdadera. Así, en medio del mundo variable, unida a su noble Esposo con lazo indisoluble, se deleita en las cosas celestes con gozo inmutable; así, en medio del rodar versátil de lo humano, afirmada en virtud sobrehumana, y guardando en vaso de arcilla un tesoro de gloria, mientras vive con el cuerpo en la tierra, mora ya su alma en el cielo» (LCl 20).

Los lectores me dispensarán esta larga cita, cuyo estilo, además, refleja tiempos lejanos. Pero su contenido, lleno de significado y precisión, transmite una idea cabal de la experiencia mística de Clara.






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