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Yo estaba muy tranquila -o al menos aparentaba estarlo- sentada bajo mi palmera, en el rincón más apacible de mi isla. De nuestra isla, es decir, la mía y la de alguien más... Alguien que no era él, sino otro, otro él.
Él -el que ahora impone su presencia como si no hubiera nadie más en rango visual-, él seguía peleando con mi fantasma; él seguía empecinado en manifestarle su ira al cadáver de alguien que fui.
Ese alguien que fui, se fue. Se marchó y quedó sólo un manojo de huesos. Con esos huesos es que él se batía a duelo. Pero yo no estaba ahí, yo estaba lejos, yo me había mudado de cielos y de tierra, de nubes y de mares. Yo estaba allá, lejos de él, pero él no lo sabía, y seguía desafiando a mis despojos.
Mis despojos, mis huesos, mi cadáver - lo poco que quedaba de mí se cansó, y le pidió que manejara su cólera y su desencanto.
"Manejalo... Superame... Olvidame."
Creo que lo susurré al teléfono. Pero él no lo escuchó así, el creyó escuchar gritos detrás de los murmullos. Y le cambió el aire. Y se le vino la desazón toda junta encima, desazón que se cernía sobre él como una nube negra que le volvía gris el semblante y le oscurecía la vida.
Entonces, me llamó. Y su llamado fue alarido, fue súplica, fue ruego desatado como lluvia en la tormenta, fue pedido descarnado y fue "gritos de ternura pidiendo para entrar"...
Su amor llamó a mi amor, y lo que quedaba de mí reconoció el llamado. Estuve dos días y medio intentando ignorando. Casi tres días fueron los que traté de permanecer, inmóvil, incólume, inmune e impune, en mi rincón preferido. Y no, no, no, no, no pude más, no pude desoírlo, su voz se imponía a mis oídos como si no existiese más que su lamento, su llanto, su letanía.
Y los vestigios de mí volvieron con él...
Y algo en mi interior se resquebrajó, y dejó salir otra piel bajo mi piel, otros huesos encerrados en mis huesos moribundos, otros brazos y otras piernas, otras manos, otros pies, otro cuerpo...
Y esa yo sintió escalofríos cuando se encontró con él, cuando fue blanco de su abrazo y de su beso, cuando fue objeto de su amor y su arrebato...
Qué será de nos, no lo sé.
Tendremos suerte si aprendemos que no hay ningún rincón...
(El tiempo está después.)