Avatar mutui_ecui

("Sobreviviente", continuación de la página anterior)
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Caminó dos días seguidos, lejos del pavimento y de pupilas y oídos ajenos. No pensó en lo que abandonaría y alcanzaría. No hasta que no se encontró frente a las improvisadas lápidas de raíces y ramas, tan cercanas al otro lado como él. No lo hizo hasta no haber sacado ceremoniosamente el arma del morral. En ese momento el instinto, todos esos millones de años de selección natural, lo atacaron desde adentro. Ningún cuerpo quiere morir, tal es nuestra soberbia esencia. Sus desesperadas neuronas (corazón, según varios) le trajeron recuerdos apresurados. Su pulso tembló mucho más de lo usual. El arma apenas colgaba de sus dedos. Su cerebro se encargó deliberadamente de rescatar de la memoria sólo lo presuntamente positivo. Sólo aquello que lo hiciera dudar, aquello que alejara al metal del cráneo. Desolado, el artista luchó inerme contra esos engaños de la mente, esa tergiversación vital de la realidad. Pero no pudo, dudaba, estaba paralizado. Ante sus ojos se hallaban figuras que no eran las del bosque, momento que no eran aquel. Vio a su hermanito demasiados años atrás. Vio bellas mujeres que lo habían acompañado (mucho más bellas de como en verdad habían sido), y a otras a las que sólo acompañó él, secretamente. Recordó risas y ojos brillosos, caricias y jugueteos. Perros moviendo sus colas ante sus amos. Amigos saludándose. La dudosa evocación de una madre dando a luz. Recordó a grandes hombres haciendo grandes cosas, y a pequeños hombres haciendo pequeñas cosas, y tan confundido lo tenían sus secretas ansias de supervivencia que creyó que ambos tenían la misma importancia. Reparó con pesar en los pocos que lamentarían realmente su huída, a quienes vio sobredimensionados. Sí, remordimiento, eso también supo producir en ese momento su inconsciente. Le hizo creer que su vida aún podía ser útil e incluso que ya lo había sido, le prometió felicidad (el viejo truco) y gloria. Grandes promesas acordes a las que su casi infinito amor propio requería para ser llenado. Pero tan grandiosas, que rebelaron su irrealidad. Con un esfuerzo repentino el hombre volvió a dominarse, estaba jadeando, arrodillado sobre la escarcha, otra vez frente al viejo bosque. Algo entre el cielo y el infierno lo esperaba. Levantó el codo, lo torció, apoyó el caño contra sus cabellos blancos. Cada milímetro de su cuerpo pujaba a la vez por combatir a la razón y al impulso, por mover y por detener al definitivo índice en su último movimiento. Todo en él dolía, sintió que podría morir antes de disparar. La lucha duró hasta el amanecer. Finalmente algo cedió y el estampido hizo volar un único pájaro. Único testigo. La bala penetró tan rápido, tan rápido destruyó y blanqueó su conciencia, que el hombre jamás supo si murió. Jamás supo que en él existía más fuerza que la acumulada durante milenios de evolución continua. No supo que en un instante de sobrehumana lucidez había vencido al instinto, a las generaciones y generaciones de supervivientes que lo habían precedido.



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 Juan Garguev




On October 31 2007 1 Views






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