7/4/09
Gabrielo había comprado una torta de frutillas para la ocasión, así que, cuando ya los dedos de las manos y de los pies mostraban el arrugamiento de estar mucho tiempo en el agua, decidimos salir y tomar café y comer torta. Yo casi había olvidado el incidente de la billetera, pero cuando entramos a la cocina y vi la celeridad de Beto en guardarla dentro de su bolso, volví a sospechar que algo extraño estaba pasando y, por supuesto, se me ocultaba. Bueno, evidentemente algo raro pasaba, venir a enterarme ahora que Beto Martinez, que conocía desde el cuarto grado de la primaria, era Ricardo Fuentes. Y yo pensaba ¿siempre se habrá llamado Ricardo Martín Fuentes? Ya sentados a la mesa con el café servido -ni Beto ni Gabrielo quisieron café- y la torta cortada, de pronto Gabrielo levanta la cabeza hacía mi y con una sonrisa y cabeceando hacia Aníbal, me dice: Cómo nos cagó este con las mujeres, ¿eh?, a lo que Aníbal responde ¿Te pensás que soy fiolo, vos? mientras masticaba torta.
En eso vemos la hora, y nos sobresaltamos: eran las siete de la tarde, era 31 de diciembre y a todos nos esperaban en nuestras casas para la fiesta de fin de año, y todavía teníamos que bañarnos en la ducha para sacarnos el cloro de la pileta, cambiarnos y después el viaje, que seguramente sería lento por toda la gente que estaría volviendo hacia la Capital a esa hora. Juntamos todas las cosas y dejamos la pileta y el quincho cubierto tal como lo habíamos encontrado. Después Gabrielo, Beto y Aníbal se pusieron a desarmar una cuna que había en la casa para trasladarla a una de las habitaciones (no pasaba por un pasillo angosto, por eso había que desarmarla) y yo decidí irme a bañar para ganar tiempo. Me di una buena ducha, me cambié de ropa y salí del baño a acomodar mi bolso. Todas las persianas de la casa estaban cerradas, como las habíamos encontrado. Los chicos ya habían acomodado todo, todo estaba como cuando llegamos, e imaginé que estarían afuera charlando. Salí a avisarles que el baño ya estaba desocupado y me encontré con que el auto, que estaba cerca de la puerta, no estaba. Busqué a los chicos por toda la quinta, fui al quincho, al galpón y no los encontré. Corrí al portón y estaba cerrado. La puerta en el ligustro que también daba a la calle estaba cerrada. Tuve una especie de pánico y me senté al lado de la puerta, mirando hacia la casa. Supe, no se porqué, que no se trataba de una broma, pero igual me quedé esperando que algo pasara. Nada pasó, así que recordé haber visto en la casa un teléfono sobre la mesita. Fui corriendo, pero el teléfono no tenía tono. Con el tubo sobre la oreja, me fui arrodillando de a poco y me puse a llorar. Creo que me quedé dormido, llorando.
Abrí los ojos y todo lo que alcancé a ver fueron los faros de un automóvil que venía hacia mi. Recuerdo que atiné a volantear, clavé los frenos, sentí gritos y después un ruido terrible. No puedo precisar cuanto tiempo estuve tirado boca arriba, consciente, mirando el cielo casi negro. Después oí sirenas, más gritos. Sentí que me cargaban en una camilla y me metían en una ambulancia. Creo que perdí el conocimiento cuando sacaron de mi pantalón una billetera y leyeron mi nombre: Gabrielo Joaquín Perez.
Lo que ocurrió luego es predecible: Estuve en un sanatorio tres meses, casi a punto de morir. Recibí visitas de todos mis parientes, es decir, de los parientes de Gabrielo. Mi estado mental era muy delicado, dijeron. Supusieron que los golpes y el shock sufrido habían derivado en la pérdida casi total de la memoria; no pude reconocer a mi esposa -que había visto sólo una vez y en ese entonces era novia de Gabrielo- ni mucho menos a mi hijo, que no había visto nunca. Cuando volví al trabajo, todos me recibieron felices, pero, aunque no tenía ninguna imposibilidad física, me trataron como a un discapacitado mental. Y en realidad lo era, sólo que por falta de datos y no por falta de inteligencia. Mi cuerpo, el cuerpo de José , murió destrozado en el accidente, junto con Aníbal, que también viajaba atrás. Beto quedo muy grave y después cayó en un coma profundo del cual, todavía después de casi un año, no ha salido. Presiento, sin embargo, que no se recuperará nunca. El causante del accidente, dijeron los peritos policiales, fue al parecer el conductor de la camioneta que nos chocó, que se habría dormido en pleno viaje. Quise visitar una vez a mi madre y a mi padre, los de José Esteban: no quisieron verme. A la mujer de José temía volver a verla. Cuando junté coraje, -hace una semana-rondé mi casa -mi ex-casa- a la espera de que salga. Un hombre joven la pasó a buscar en un Peugeot; se saludaron con un beso en la boca y partieron. Ella estaba hermosa; yo no quise molestar. Ayer visité a mi hija -la hija de José -, que vive con su madre. Cuando estuve a solas un momento con ella, le dí un fajo de dinero para que se lo de a la madre después que yo me vaya. Le dije que me lo había dado su papá, por si algo le pasa
naaaahh, no podés androide, no podés!