Mi vieja Olivetti
7/14/09
Mi vieja Olivetti es una máquina de escribir antigua que pertenecía a mi madre y que guardo con inmenso cariño. En ella escribí uno de mis cuatro poemarios. Aporrearla es tan inspirador… Acompañado de humo y café, ese trasto sabía sacar lo mejor de mí, exprimir el jugo de mis neuronas como ninguna y conseguir que pariese frases realmente bellas. De todas las mujeres que han entrado en mi vida, a ésta es a la que retendré con más ahínco.
Si mi vieja Olivetti hablase… contaría historias más fascinantes que el ojo de cristal de un viejo lobo de mar. De los siete mares. Han visto y oído tantas cosas esas teclas. Creo que en la letra “F” aún se conserva una lágrima que derrame por alguna ingrata. Como siempre sucede con mis mujeres, el nombre ya se ha desvanecido, ya sólo me interesa su historia. Digamos que se llamaba Penélope. Penélope tiene su pequeño espacio en mi vieja Olivetti, que no es sino una extensión de mi cuerpo, que me complementa y ayuda en mi labor diaria de lidiar con mi pasado.
Perdón, aún no os he dicho cómo es mi vieja Olivetti. Como el mar, era azul y su interior un misterio para mí. El carro de la tinta se atascaba a cada rato, y eso le daba más emoción al juego. Y he de reconocerlo, alguna vez también eso me sacaba de mis casillas. Sus teclas blancas, habían dejado de serlo. Con el tiempo y las historias, arrastraban marcas y manchas. Tiene cuatro muescas, hechas por mí, en un lateral. El papel solía engancharse al entrar, y la palanca para correrla, negra, se deslizaba a través de ella con infinita suavidad y elegancia. Era un gusto cambiar de línea…
Y mi vieja Olivetti os contaría historias de Penélope, de Eva, de María, de Lucía…de tantísimas… Y también estaría en situación de comentar la actual y desfavorable coyuntura macroeconómica mundial, rajaría a gusto de Carlos Marx o el mal llamado revolucionario Lenin, aún tendría palabras de cariño para el “Che” y de profunda admiración por Adam Smith o Keyness. Se le ve el plumero, lo sé, pero qué queréis, mi vieja Olivetti Studio 46 y yo compartimos muchas tardes y noches de alegres conversaciones. Hablábamos de todo, y sobre todo escribimos. Sus teclas justicieras no tuvieron piedad con gobiernos ni jueces. El anonimato sigue siendo nuestro escudo. Si mi vieja Olivetti pudiese hablar…
Pero los tiempos cambian, y en el mundo de hoy parece no tener cabida una vieja máquina de escribir, por muy romántico que sea el dueño. Mientras hablo con cariño y respeto de ella, le pongo los cuernos con mi nuevo ordenador portátil. Si me viese ahora, qué tristeza… Pero, por suerte para mí, además de inspiradora, amiga fiel, compañera de licores, incansable confesora, imperturbable saco de llantos, mi vieja Olivetti jamás fue celosa.