No se me hace raro reconocer que entre tanto caos tu siempre seas la que me aportes la estabilidad necesaria para no perder la cabeza del tó. Sinceramente confieso que me siento un poco inútil cuando me imagino sin ti en estos lugares, como si fuera a estar desprotegida, como si cualquier cosa pudiera ser la gota que colma ese vaso que no tengo claro hasta donde está lleno, o cualquier pensamiento pudiera golpearme y abatirme.
Es tu facilidad para hacer mi vida un poco mejor con las cosas más comunes, con todas esas que compartimos por segundo año consecutivo y hace tiempo ya que percibo como imprescindibles, tales como llegar a casa y me preguntes qué hacer de comer, mientras hablamos de cómo nos fue la mañana.
Tu esfuerzo por buscarle sentido a mis actos y justificaciones a cada uno de mis sentimientos sin la necesidad de juzgarlos, por resaltar mi mejor parte y ayudarme a corregir la peor. Por ser el empujón para hacer cosas productivas, para que me tome una cerveza a deshora, para que quede con una desconocida para estudiar o me escape a Córdoba en momentos no adecuados. Por prestar atención a mis emociones, sin cuestionar de antemano si tienen fundamento o no, simplemente sentarte ahí a escuchar cómo te escupo mi vida y todas las formas en las que me afecta cada golpe del reloj, como si todo lo que tengo que decir fuera relevante. Hasta los momentos en los que nos ponemos juntas a hacer de este piso un lugar habitable otra vez. No me imagino haciendo de todas esas cosas momentos tan intensos con nadie más.
Y nos envolvemos así con una paciencia infinita que nos mantiene unidas. Lazos invisibles que ni siquiera un océano entero podría hacer que los pasara por alto. Gracias por ayudarme siempre a mantener el equilibrio pequeña persona. Otro continente ya está preparando motores para recibirte. El piso atemporal esperará tu vuelta impaciente.
Dejé el cigarro encendio sobre la mesa y se consumió solito escribiéndote niña conejo.
Te quiero.
Photo uploaded at 2:33 PM