EL MAGO RENATO

Amanecía cuando el mago Renato guardó al conejo Fernando en su chistera –la del conejo-, y salió por la puerta del Club Náutico. Se arrastró hasta su apartamento en el Tryp Bonifaccio y, en vez de desmaquillarse, se tiró a lo guarro en la cama, sin hacerla ni nada. Al despertar era mediodía. Preparó un café para Fernando y se comió una zanahoria. Mientras el conejo se daba una ducha, Renato se cepilló cuidadosamente el pelaje: era sábado y quería estar lustroso para la función de la tarde en el parque Buell.

Como cualquier persona normal, Renato soñaba con cambiar de vida. Después de años luchando por conseguir sus sueños, seguía atrapado en su oficio de prestidigitador de éxito. Y estaba hasta la varita mágica. Pero Renato era perseverante, que es lo mismo que ser cabezón pero en fino, y estudiaba. Estudiaba mucho, mucho. De noche iba de teatro en teatro con su función, para deleite de la clase acomodada, acomodada en butacas de terciopelo rojo. Se quedaba hasta la madrugada alternando, sólo por complacer a su enjambre de grupis, y dormía la mañana. Todas las tardes, sin excepción ni excusa, iba a clase. Estudiaba duro para llegar a ser algún día lo que siempre había soñado: camarero en precario.

Como cualquier persona normal, Renato tenía días malos en los que aquel sueño parecía estar muy lejos. Creía entonces que un vulgar mago de fama mundial como él jamás sería capaz de afrontar la difícil tarea de servir unos cafeses, pasar una bayeta húmeda sobre la barra, o escuchar las miserias ajenas. En esos momentos de crisis, el conejo Fernando, mucho más equilibrado, dejaba a un lado el encaje de bolillos y le acariciaba el lomo con ternura.

-Venga, va, sé fuerte –le susurraba Fernando con dulzura-. Has de tener un poquito más de fe en ti mismo, Renato. Tú vales mucho, tienes un gran talento: sólo te falta creértelo. Algún día serás un gran camarero terriblemente explotado.

Renato siempre acababa haciendo unos pucheritos y poniéndose panza arriba para que Fernando le hiciese cosquillas en los sobacos. Entonces se sentía feliz y pensaba que, después de todo, su vida de prestidigitador de éxito no era tan horrible teniendo a su lado a alguien con quien compatir unas cosquillas.


Dedicado a todos los Fernandos del mundo, sean o no conejos, por estar siempre ahí apoyando a los amigos que lo necesitan.

Dedicado especialmente a mi Fernando particular. ¡Gracias, centollito!

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En la afoto, Josito Mago, que no habla catalán en la intimidad, pero se viste de leopardo en los ensayos aunque no lo exija el guión.



On June 26 2007 Edit






memareamirar

unknown - 13/02
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Ma Li, Gao, Mali




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