Yo estaba allí porque, de repente, la vida me había dado la vida. No sentía culpa, ni miedo, ni vergüenza. A medida que pasaba el tiempo a su lado, y lo oía hablar, me iba convenciendo de que (él) tenía razón: existen momentos en los que todavía es necesario correr riesgos, dar pasos insensatos.
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