In flames
Un día le confesé al vecino mi fascinación por el helado de vainilla. Su cara se tornó muy simpática, al verme explicar la manera en que me como los barquillos. Esa fue la primera ocasión en que platicamos algo más que los buenos días. Supongo que él aprendió algo de mí, yo, sinceramente, lo encontré bastante insípido. Sí, tiene su barbita de pseudo intelectual, pero sé a lo que se dedica, es carnicero. Otro día nos volvimos a topar, fue subiendo las escaleras. Yo traía una falda verde, bonita y con tonalidades claras, ajustada y algo gastada. La compré durante mi único viaje a Europa, allá por los años ochenta, cuando todavía teníamos algo de ahorros. Me di cuenta que le atraía, lo supe por la forma en que sus ojos vieron mis tobillos. No sé, es raro, pero es así como suelo descubrir el interés del otro. Me miran los tobillos. Y entonces me preguntó si tenía helado de vainilla en la nevera, pensé que era un detalle bonito. Simpático. Lo invité a pasar. Desde entonces no se ha ido, han pasado cuatro años. El hogar huele a carne y la falda verde se la comió el gato. El suyo.
On December 17 2009
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